January 6, 2008

PROVIDENCIA

Filed under: Postales — Jose Manuel @ 1:27 pm

PROVIDENCIA. (Del lat. Providentia) f. Disposición anticipada o prevención que mira o conduce al logro de un fin. | 2. Disposición que se toma ante un lance. | 3. fr. Adoptar una determinación | 4. Sinónimos: Destino, azar, hado, sino, estrella, fatalidad, ventura, albur, predestinación, mandato.


El trabajo en la burbuja amniótica que es El Submarino del Aire ha concluido; lo que resta en torno al disco ya ocurrirá fuera de nuestras manos. Pero para nosotros, como músicos, el disco ya se terminó. Y la sensación es curiosa. Después de tanto tiempo ya no hay nada que hacerle a las canciones…. ya se van.


Claro, falta aún masterizarlo, y después hacer los propios discos físicamente: maquilarlo. Al mismo tiempo hay que desarrollar una estrategia de distribución y promoción. Es decir, aún faltan cosas, cosas administrativas y tediosas que te hacen ver que producir un disco no es nada más cuestión de hacer unas canciones y grabarlas ¡Ojalá!


Las dos semanas que habíamos calculado para mezclar se convirtieron en cuatro y luego en seis. Hay varias razones para eso. La primera es que en cuanto Fong llegó para iniciar las sesiones de mezcla lo primero que hicimos fue ¡hacer otra rola! Pero era natural. Este disco se gestó de una manera tan sui generis, sin seguir ningún plan preconcebido, que su propia personalidad se nos fue revelando conforme avanzábamos. Y al irlo viendo así, cada vez con mayor perspectiva, nos pareció que aún cabía una canción más.


Porque así es en realidad como nos embarcamos en esta entidad que llamamos PROVIDENCIA. No importa como la hubiésemos imaginado en un inicio. Ella es la que a fin de cuentas decide para donde se quiere ir. A nosotros solo nos resta el placer de dejarnos arrastrar, de ver como las ideas que habíamos propuesto en un inicio se van transformando en otras cosas, por su propia voluntad. Ver como llegan a lugares que sobrepasan o que ni siquiera concuerdan con lo que esperábamos. Pero ese dejarse arrastrar es totalmente activo. No es abandonarse y esperar que las cosas se acomoden por si solas. Hay que trabajar mucho para que se den. Suponer incluso que uno las controla, aunque en realidad no sea así.


Más bien, la labor consiste en estar atento y detectar lo que cada canción quiere decir. Y entonces hacerlo. A veces, cuando uno oyó bien, acierta. Y cuando fallas es porque no oíste bien lo que la canción decía.


Afortunadamente aquí hay cuatro pares de orejas, todas entrenadas. Por eso podemos protegernos unos a otros. El oído más fino es el de André. Y eso lo convierte en un baterista diferente a todos los demás. Un baterista de afinación melódica casi perfecta y con una infinita capacidad para enfocarse en el detalle. Si Alfonso dice que en tal parte hay un ruido o una nota fuera de lugar hay que creerle, aunque uno mismo no lo escuche entre la mar de sonidos que salen por las bocinas. Lo más seguro es que cuando aislemos esa parte, ahí estará lo que él detectó.


Fong escucha otras cosas. Quizá escucha más con el cuerpo. O con el corazón. El puede hablar del feeling de una canción, de su energía, de las sensaciones que genera. Puede hacer cosas con el bajo para que una misma canción, o incluso una misma parte, cambien radicalmente en cuanto a la sensación que generan. El ve el conjunto de las cosas, tiene una percepción más panorámica. Escucha las emociones.


Del Águila oye cosas técnicas que a nosotros mismos a veces nos cuesta trabajo definir. Cosas que tienen que ver con el espectro sonoro de toda la rola. Frecuencias específicas, por ejemplo. O la manera en que un par de sonidos tienen que integrarse para no cancelarse el uno al otro. Y lo mejor es que sabe que aparatos hay que usar o que movimientos hay que hacer, para lograr que suceda lo que busca. 


Yo me preocupo por la voz y por la arquitectura.


En esta manera de hacer discos, que es La Barranca, uno tiene que ser más que un instrumentista. Hay que desdoblarse también en productor y, al hacerlo, ser capaz incluso de desprenderse de su rol de instrumentista. Al momento de grabar o de generar una parte tienes que estar totalmente concentrado y comprometido con ella. Pero después, cuando escuchas el todo, tienes que ser capaz incluso de negar tu parte si es que esta no da lo que la canción requiere. Por mucho que estés enamorado de lo que hiciste. Y esto es así porque no hay un productor externo. Los productores somos nosotros mismos, y tenemos que tratar de encontrar en nosotros la objetividad requerida. ¿Hasta que punto es esto posible? Quien sabe, nosotros lo intentamos y por lo general, al menos, somos estrictos.


En el espacio de tiempo que se abre entre una sesión y otra todos oímos lo que llevamos avanzado. A mi me gusta el resultado, pero detecto que nos falta una canción. Y de hecho ya sé cual: es una pieza instrumental que yo había hecho para La Barranca a fines del año pasado, pero que a la hora de armar este disco pensé que ya no tenía cabida. Ahora, al oír todo, siento que me hace falta; justo ahí. Se las muestro a los demás y, pese a que altera de alguna manera todo lo programado, les prende también y están dispuestos a trabajarla.  Sólo que Fong y Del Águila son categóricos: ponle una letra, me dicen, hazle una melodía. Yo quiero oir palabras, afirma Lalo, las canciones instrumentales me dan hueva, quiero oír cosas, que diga algo.


Así que me pongo a trabajar en eso. Queda poco tiempo pues la visita de Fong es en una semana y para entonces habrá que tenerlo listo. Para mi representa una última oportunidad de escribir algo para el disco, pero cuando ya sé a qué suena. Hacer esta canción es muy diferenta a hacer las otras; porque vengo ya embalado en la energía del álbum, sé por donde pasa, sé que necesita. Lo que buscamos es además muy simple. Tenemos ya la música y lo que se busca es una melodía larga y poca letra. Me gusta esa misión.


La melodía la encuentro casi desde el momento en que Del Águila me lo plantea. De hecho, ya estaba ahí sugerida. La letra, unos días después, en el coche, mientras me dirijo a Ciudad Satélite y paso por donde toqué por primera vez con un grupo.


La última canción se llamará entonces Providencia, igual que el disco, y para cuando Fong regresa a las sesiones de mezcla ya está terminada. Hacemos algunos ajustes de métrica y de ritmo y la grabamos completa en el Submarino. Fong sugiere que la parte de en medio, que originalmente es una especie de solo de guitarra, la hagamos mejor de manera coral. Es algo que nunca hemos hecho y nos late intentarlo. Cantar todos. André le agrega luego un vibráfono y entonces la parte se completa.


Resulta entonces una invitación para escuchar el disco. O cualquier disco. Y también es una fotografía de las emociones que pasaban en ese momento.


Así, siete días después de lo que originalmente sería el inicio de la mezcla, estamos terminando, apenas, de grabar el disco.


***


Además de eso tuvimos varios invitados musicales. En primer lugar a Muna Zul, un grupo vocal formado por tres mujeres: Leica, Dora y Mariel. Las escuché cantando en vivo hace unos seis meses y me gustó mucho como armonizaban sus voces. Desde el inicio habíamos pensado en voces femeninas para Una Nota Que Cae, una canción de raíces medio brasileñas. También queríamos ese color para el coro de Malecón. Así que invitamos a Muna Zul para hacer estas dos piezas. Lo grabamos todo en una larga sesión nocturna en el Submarino. Ellas no habían oído las rolas, pero nosotros teníamos una idea bastante clara de lo que se requería. Las chavas lo hicieron muy bien y esa energía femenina le confiere a estas piezas una luminosidad especial.


Invitamos también a Cox Gaytan. Durante una cena en Medellin, Col., Alfonso le comentó al fotógrafo Fernando Aceves que estábamos grabando un nuevo disco de La Barranca. Aceves preguntó si pensábamos invitar al Cox, a lo que Alfonso respondió diciendo que no sabría ni donde encontrarlo. En ese momento, Fernando se comunicó con Cox por teléfono y se lo pasó a Alfonso. Platicaron un poco (¡después de años!) y Alfonso le planteó la idea. Cox dijo que le parecía bien, que le prendía.


Ya en México, vimos en donde podría entrar y encontramos que había lugar para un solo en Nueva Vida. Fiel a su costumbre, el Cox nos pidió llevarse la rola con anticipación para diseñar su parte. Así que el día de la sesión, a las 5 de la tarde, Cox llegó al Submarino con un solo perfectamente armado.


Es impresionante ver tocar a Cox. Ahora trae un violín eléctrico de 5 cuerdas que funciona también como viola. De hecho, lo que hizo es más bien un solo de viola, que se ajustó perfectamente al sentido de la rola. Estuvimos jugando a procesar su sonido, pasándolo por algunos de mis pedales de guitarra. Queríamos algo espacial pero al mismo tiempo profundamente humano. Y me parece que así es como quedó.


El resto de la tarde (y noche) lo pasamos recordando anécdotas y probando el violín en algunas cosas más (que finalmente no quedaron). Pero más por el gusto de verlo tocar que porque en realidad lo necesitara la música. De alguna manera fue como si no hubiera pasado el tiempo. La personalidad de Cox, o más bien, su personaje, permanecen intactos. Así como su pasión por el violín. Al final Federico y yo fuimos a cenar con él y dejamos abierta la posibilidad de hacer algo en el futuro.


Las aportaciones de Cox a La Barranca siempre fueron hermosas y determinantes. El tiempo que estuvo con nosotros fue también muy intenso. Pero me parece que al final todos entendimos que su participación siempre sería limitada, puesto que no todas las piezas de La Barranca requieren solos de violín. Quizá la manera de trabajar con él sea esta, invitarlo a participar en las piezas en las que su violín tenga cabida. Y esperar que los tiempos coincidan.


El último invitado fue el tacubo Rubén Albarran. Tenemos una rola con unas ondas medio japonesas que se llama Haikú y habíamos pensado en invitarlo desde un principio. Sólo que, cuando llegó el momento de grabar las voces, vimos que andaba de gira con su banda y que terminaban hasta fin de año. Pensamos que ya no habría chance de hacerlo. Pero resultó que la parte internacional de su gira concluía precisamente en Miami. Ahí estaba Fong cuando tocaron, supuestamente ya habíamos terminado todo acá en México, estábamos acabando de mezclar. Federico fue al concierto y luego los visitó en el camerino. Le tiró la onda a Rubén y este dijo que estaría encantado de hacerlo. Me puse en contacto con él aquí en México y los últimos días de diciembre pasó por el Submarino, antes de una tocada gratuita que hicieron en Tlalpan. Teníamos poco tiempo pero en unas tres horas Rubén grabó su parte y generó muchas ideas más. Fue chingón trabajar con él; es muy creativo y tiene gran facilidad para meterse rápido en la rola. Así que finalmente se dio su participación en un disco con La Barranca, algo que ya habíamos planteado desde tiempo antes, cuando tocamos juntos en un Vive Latino. Esa vez fue un palomazo medio raro, organizado por Lino Nava. Rubén cantó un cacho de Día Negro pero todo fue muy improvisado. Esta vez hubo chance de hacer algo más concreto y la verdad es un gusto y un honor. A todos nos prende mucho lo que hace  Café Tacaba, una banda siempre propositiva, cada vez es más musical y siempre en evolución.


Con ellos, más los músicos que ya habían grabado antes (la chelista Mónica Del Águila, el gran trombonista de la filarmónica, Augusto Cifuentes, y la incipiente pianista Magali) se completa la lista de nuestros invitados. Una lista de lujo, a nuestro parecer.


Además de los invitados, concluimos la grabación de voces. Quedaban algunas piezas pendientes. Algunas porque yo aun no tenía una versión de la letra que me satisficiera, otras porque no encontraba la manera precisa de cantarlas. Muchas veces, cuando grabo una idea en El Potrero, canto de una manera muy íntima y relajada. Normalmente grabo en la noche y no tengo intenciones de gritar y menos de despertar a los vecinos. Pero en el estudio, ya con la música grabada y con la energía de Fong y André, naturalmente me siento impulsado a cantar con más fuerza. ¡como si fuera en vivo!
Esto funciona a veces, pero no siempre. Así que con ciertas rolas fue necesario hacer un ejercicio de concentración: ignorar el entorno que me rodeaba, el hecho de estar en un estudio grabando profesionalmente. Intentar entonces llegar a esa emoción original, que es la que le sentaba mejor a ciertas canciones.


Por otro lado, las canciones mismas han cambiado. Naturalmente las rolas van mutando en el estudio. Pero esta vez los cambios fueron más radicales. Cuando regresé de mi viaje por el Mar del Norte, Fong, André y yo nos juntamos de nuevo para replantear todas las rolas como grupo, para convertirlas todas en un disco de La Barranca.


En otras rolas Federico incorporó el piano. Un sonido mucho más humano y que sustituye algunas de las programaciones que yo tenía concebidas.


Todo el tiempo avanzamos con una naturalidad sorprendente. Lo que quiero decir es que no éramos concientes de estar haciendo lo que hacíamos. Simplemente nos dejamos llevar por la mecánica que se genera entre nosotros, como si no hubiéramos dejado de hacer discos casi seis años.


Por eso llegamos a PROVIDENCIA. Nos gustó la idea que sugiere la palabra en su significado más puro (además de su sonoridad, por supuesto): la de hacer algo para llegar a un fin; la de tomar una determinación. En ese sentido, eso es lo que es este disco de La Barranca. Esa es nuestra determinación: hacer esta música.


Se que habrá quienes piensen que tiene una connotación religiosa. Y no importa. En el catolicismo la providencia es un atributo de dios, algo que nos protege. No es eso de lo que habla el disco. O quien sabe.
Yo no me adhiero a ninguna religión organizada. No creo en ellas, aunque respeto a quienes lo hacen. Pero sus símbolos existen, y el efecto que estos símbolos provocan en otros es real. Ahí está si no el San Miguel, por ejemplo. No necesitas creer en él para sentir el poder de su imagen o para apreciar su belleza.


Ciertos símbolos y conceptos me fascinan. A veces por su connotación mitológica, a veces por la significación que tienen respecto al comportamiento humano. Los símbolos del bien y del mal. Esa eterna batalla entre ángeles y demonios. Todos damos por sentado que existen pero ¿qué es el bien, qué es el mal? ¿en dónde radican? ¿son dos cosas antagónicas o parte de un todo? El disco también se hace esas preguntas.


***


Para las sesiones de mezcla movimos la configuración del Submarino. Si lleva este nombre es justamente por el reducido espacio de su cabina de control. Durante la mezcla, una vez que se ha terminado la grabación, todo el trabajo se hace en la cabina. Por eso decidimos mudarla al cuarto de grabación, que es mucho más amplio y donde podríamos estar más a gusto. Incluso recibir algunas visitas.


La mudanza implica también ciertos elementos de decoración: hay que generar un ambiente. Para eso llevamos varias lámparas, velas, incienso; y acomodamos de alguna manera todos los objetos que hay en el cuarto. Iniciamos así el largo proceso de la mezcla. En el cual dos semanas se convierten en seis.


Durante esta etapa el trabajo principal lo hace Del Águila. El de nosotros consiste en  escuchar, hacer sugerencias, dar ideas. Tratar de describir con palabras el lugar a donde queremos que llegue una canción. Clavarnos en la textura…


La mejor de las mezclas no puede hacer que una canción mala se convierta en buena. Pero una mala mezcla si que puede destrozar una canción buena. No digo esto porque temiera tal cosa, confío plenamente en Lalo, sino para resaltar el rango de posibilidades que hay. Una canción se puede ir a mil lados diferentes. Por eso el proceso es delicado. A cada paso hay que detenerse y escuchar. Ver como suena la canción en otros entornos: en un estéreo, en el coche, en el iPod. Y hacer los ajustes pertinentes.


Durante esta etapa empezamos a invitar a algunos amigos y conocidos a oír el disco. Por lo general músicos o periodistas, o gente muy cercana al grupo. Por esos días voy a la presentación de un nuevo libro de retratos de Fernando Aceves. Es un libro de fotografías tomadas a todos los participantes en las dos últimas ediciones del Vive Latino, y ahí aparece una foto mía. En la presentación me encuentro inesperadamente con Ricardo Ochoa, un músico que para mi es trascendental.


Ricardo fue el primer músico que yo vi en escena. O he de decir, el primer músico de a de veras. Ricardo participó en el legendario festival de Avandaro, con Peace and Love, una banda proveniente de Tijuana que usaba metales a la manera del grupo Chicago. Años después, cuando yo lo vi, comandaba un trío eléctrico llamado Náhuatl. Lo que hicieron esa noche en un antro de Ciudad Satélite voló mi cabeza adolescente. Su guitarra era un animal prehistórico y a la vez futurista, que recorría todas las posibilidades del instrumento. Provocaba todo tipo de sensaciones e imágenes y era como un canto eléctrico absolutamente determinado y preciso. Y eso que yo ni siquiera había fumado mota. Esa noche desee tocar así, alguna vez.


Años después lo vi con Kenny y los Eléctricos, en una formación que incluía ni más ni menos que a Federico. Ahí vi tocando a Fong por primera vez, pero esa noche no conocí personalmente a ninguno de los dos.
Fue hasta años después, cuando Fong y yo ya estábamos haciendo La Barranca, que conocí a Ricardo por teléfono, gracias a Edmundo Navas, quién editara nuestro primer disco. En un viaje a Santa Fe, donde Ricardo vivía, Edmundo le puso El Fuego de la Noche. A Ricardo le gustó y, para mi enorme sorpresa, pidió hablar conmigo por teléfono. Esa llamada fue determinante para mi, de alguna manera validaba la música que estábamos haciendo y me conectaba directamente con aquella noche en que vi a Náhuatl.


Tiempo después, sería el mismo Ricardo quien invitaría a La Barranca a participar en el disco de homenaje a los Tigres del Norte, donde nosotros grabamos La banda del carro rojo.


El caso es que ahora Ricardo estaba ahí, nuevamente frente a mí. Nos conectamos inmediatamente y esa misma noche fuimos a cenar y a brindar con Sabo Romo y Fernando Aceves. Fuimos a un lugar de Coyoacán que al rato se llenó de músicos y acabo siendo cerrado en exclusividad para nosotros. El dueño es pianista también. Llegó después Memo Briseño y varios de los músicos que dan clases en su escuela de rock. Fue curioso estar con estos personajes, que han pasado por miles de cosas y conocen la historia de la música en México desde dentro: ellos la han escrito, después de todo. Aunque en este país sin memoria pocos lo reconozcan.


Al final llevé a Ricardo a la casa donde se estaba quedando aquí en México (ahora vive en California). En el coche le puse algunos MP3 de las mezclas de Providencia. Ricardo es muy prendido y le gusta involucrarse en la música. Le gustaron mucho las cosas que oyó y acordamos que sería bueno hacer una sesión más en forma en el Submarino, para que oyera todo.


Así que al otro día lo organizamos. Y tuvimos el honor de que Ricardo oyera todo Providencia, de principio a fin. Nos enriqueció mucho con sus comentarios y sugerencias, con su experiencia y su manera entusiasta de oír la música. También cayó por ahí mi amigo Fernando Rivera, quien escuchó medio disco antes de irse a su programa de radio.


Nos fue a visitar también, para una entrevista, José Agustín Ramírez, el hijo escritor del célebre escritor. Hubo muy buena conexión con el Agustín, el cual trae su viaje personal muy específico. Platicamos los tres ampliamente con él, y al rato ya la entrevista era más bien un rollo informal, como si lo conociéramos de años. Obviamente le detallé mi relación con su jefe, o más concretamente. con los libros de su jefe, pues a él no lo conozco personalmente. Le conté, como ya he contado en otros lugares, incluso creo que en este mismo espacio, que cuando estábamos escogiendo el nombre de La Barranca yo andaba leyendo Cerca del Fuego, uno de mis tres libros favoritos de José Agustín (los otros dos son Se está haciendo tarde y Ciudades Desiertas, aunque creo que he leído la mayoría y todos tienen algo que me gusta). En ese libro, de por si loco, viene un capitulo aun más loco que se llama algo así como “Castillo de Piedras”. Ahí, José Agustín da una receta insólita: “en medio del peor estado de abandono”, dice, “…si aun conservas un hilito de razón que te permita querer salir de ahí…encuentra una barranca”. Leer eso fue una suerte de confirmación, una de esas concordancias con la realidad que te hace sentir, por un momento, que eres capaz de leer signos a tu alrededor. Y que entonces eres parte de algo, una red de hilos que se tocan de una manera fina pero determinante…


Porque además, antes de que hubiera músicos mexicanos de rock chidos, hubo escritores. Y José Agustín iba a la cabeza de todos. Sus libros eran como discos, como discos de rock espeso y chingón; ese nivel de compenetración y complicidad podía uno establecer con ellos. Y eran tan reveladores como el mejor álbum que uno hubiese escuchado. Aún lo son. Tal vez ahí, en el lenguaje y en las palabras, se encontraba lo que en los discos anglos uno percibía sólo en la música. Y resultaba mucho más cercano, más revelador. No sólo porque tocaba la realidad mexicana, sino también, el otro lado de esa realidad.


De todo eso platiqué con el Agustín. Además le pusimos algunas rolas. Quién sabe que escribirá de todo eso, pues no traía grabadora.


Pero el caso es como a las tres semanas me llamó de nuevo para proponerme un trueque: libros de su jefe por discos de La Barranca. Acepté de inmediato. Unos días después regresó Agustín con tres libros. Yo ya los tenía, obviamente, pero no en esas nuevas reediciones brillositas y con diferentes portadas. Y lo mejor era que estaban autografiados! En el de Cerca del Fuego venía algo que, faltando al pudor, comparto con quienes lean esto, porque creo que resulta sumamente apropiado:


Aquí en el fondo de la barranca creo que nos entendemos mejor…


JM

November 6, 2007

noviembre 2007

Filed under: Postales — Jose Manuel @ 2:28 am

La voz normalmente es lo último que se graba en un disco. Supongo que esta práctica proviene desde que se invento la grabación por canales, quien sabe cuándo ¿Porqué no grabar primero la voz y construir el resto sobre de ella? Claro, sería muy loco; no se si haya discos hechos así. La cosa es que la voz es delicada, y en una canción se supone que todo gira en torno a ella, aunque sea lo último que se graba. Pero en la mayoría de las grabaciones en que he participado, por dejarse para el final, normalmente las sesiones de voz acaban siendo maratónicas y acompañadas de prisas. Urgencia por terminar, expectativas. Esta vez es diferente. Las circunstancias se han acomodado de tal manera, fundamentalmente por el tiempo disponible de Lalo Del Águila (un verdadero rock-star), que las voces las hemos hecho de manera intercalada. Y eso es un lujo para mí.

Así que, los días que podemos grabar, subo al cuarto de voces en el segundo piso del Submarino y canto. Desde ahí no puedo ver a mis productores, Alfonso y Del Águila, quienes en el cuarto de control escuchan cuidadosamente lo que voy cantando. Pero por una ventana puedo ver las copas de un par de árboles y el atardecer de la Ciudad de México. Porque las grabaciones empiezan en la tarde, las mañanas no son buenas casi para nada, menos para cantar. Mientras canto no pienso, sólo siento y veo las nubes. Siento el sonido de las palabras; ya no su significado, pues ese lo pensé cuando las escribía, sino los ritmos y melodías que generan. Pero cuando terminamos una toma, o incluso al otro día, tengo el chance (¡el lujo extremo!) de corregir alguna entonación que no nos convence, o alguna palabra que no me gusta como suena.

Son los últimos e inevitables ajustes a las letras. Siempre pasa que una palabra se veía mejor escrita que como suena. Pero finalmente, por más ajustes que se hagan a las rolas, uno termina. Claro, podríamos seguir toda la vida dándole vueltas a una sola canción, pero tampoco somos taaaan obsesivos, ni tenemos paciencia para ello. Y hay una sensación curiosa al momento de terminar: sabes que la canción que llevas trabajando desde quién sabe cuánto tiempo esta a punto de irse. Y siempre se van.

Hace un par de semanas comí con alguien a quién le gusta La Barranca. Me contó una historia increíble de una rola de nosotros que le representó algo muy significativo en cierta etapa de su vida. Luego me dijo: gracias por tu canción.  Y yo le dije, esa ya no es mi canción, es tuya!

Así que estas sesiones de voz son casi los últimos momentos de intimidad amniótica con estas rolas, antes de que se vayan. Y se vale disfrutarlos. Después de todo, una de las razones para hacer este disco fue encontrar otras formas de cantar.

Ya con la voz, las canciones están cerca de su forma final. Claro, falta la mezcla, pero esta vez Del Águila también se ha dado el lujo de ir medio mezclando conforme grabamos. Así que tenemos una buena idea de cómo van sonando. Y estamos contentos.

Mientras vamos en esto, nos enteramos del nuevo disco de Radiohead, o concretamente de la forma en que lo están sacando al público: a través de su propia página, como descarga virtual donde cada quien paga lo que quiere o lo que considera justo. Un gran golpe para lo que queda de la industria: adiós tiendas, adiós disqueras, para empezar. Tal vez también adiós a los discos. Por supuesto, no son los primeros en hacer una cosa así. Antes de ellos otros lo intentaron, pero eran por lo general artistas con expectativas de ventas mínimas. Radiohead es la primera banda que de cualquier manera hubiese vendido cientos de miles de discos por los canales  de distribución normales. Eso es lo cabrón. ¿Quiere decir esto que los CDs pasaron a la historia? Siempre preferí los viniles, sin duda, pero al menos el CD sigue siendo un formato físico ¡y apenas lleva 25 años de existencia! ¿Que va a pasar con los empaques y el arte de las portadas? En especial con el de ESTE disco, donde Gilberto ya va muy adelantado con la el diseño y la tipografía que se me apareció en San Petersburgo.

Bueno, para empezar tendría que contar porqué andaba viendo tipografías en San Petersburgo. En marzo y abril de este año trabajaba haciendo la mayoría de las canciones que conforman este disco. Se podría decir que lo hacía con fervor, aunque más bien la sensación era la de estar haciendo algo “desesperadamente necesario” para mi. Me había reencontrado con el placer de terminar las canciones, trabajándolas en cualquier lugar. Siempre he envidiado a pintores, escritores y a quienes normalmente escuchan música mientras trabajan, cosa que obviamente no puedes hacer mientras haces música. Pero por esas fechas recuperé una posibilidad muy chingona que tiene ésta, por encima de la pintura por ejemplo: puedes hacerla mientras caminas, mientras vas en el coche o en un avión. O en una bicicleta. Desde este punto de vista, tu oficina está en todas partes.

Y así, voy muy contento a mi trabajo. Tengo que hallar los hilos del tiempo nuevo, de lo que sigue, en medio del caos de la dificultad inicial.
Palabra-paisaje
Transmutar esta sensación de estar vivo en sonidos y palabras. Hacer una canción que abarque todo y que sea mejor a las que ya he hecho. O que abarque sólo un segundo pero desde un ángulo nuevo para mi. Conectarme con esa parte del cerebro (o del corazón o del hígado) que transforma las palabras en melodía y viceversa. O mejor dicho, que toma una idea y la transforma en palabra cantada.
Esa es la tarea.
Como pescar o como forjar un metal: como dar martillazos en el aire. Un aire al rojo vivo que sin embargo se dobla, se moldea poco a poco en busca de la claridad. O una imagen dentro de eso que nos haga pegar un salto. Que nos levante por los brazos como un padre a su hija de dos años y nos ponga de cabeza. O encontrar una palabra deliciosa, una que se pueda morder, como fruto redondo, solar, goteante. La belleza debe de ser comestible.
Palabras-mecanismos-andamios.

Y así la familia de gatos que demandan mi atención va creciendo. De pronto hay más de 20 ideas por ahí, y no hay sensación mejor que esa. Conforme iba terminando estas canciones, o al menos llegando a una cierta comprensión, naturalmente surgía el deseo de convertirlas en un disco. Y ese deseo no tarda en transformarse en urgencia. Estas músicas apuntan en una dirección que me parece impostergable. Pensé, ¿en una situación ideal, cómo me gustaría grabarlas? Consideré algunos nombres y combinaciones. Y mi primera opción, claro, fueron Fong y André.

Les planteé la idea a ambos y estuvieron de acuerdo. De hecho, Fong puso una condición: está bien dijo, pero grabemos también Nueva Vida, la canción que apenas hacía un mes me había enviado. Eso me pareció un plus, pues esa rola me gustó desde el primer momento. Hablamos también con Lalo Del Águila pues él no sólo sería parte de una situación ideal, sino elemento fundamental para poder hacer cualquier cosa en el sentido que imaginaba. Lalo dijo que podíamos contar con él, y se que cumple su palabra. Pensé que quizá habría también otros invitados más adelante, pero con estos tres ya existía un equipo absolutamente sólido para empezar. Un equipo capaz de enfrentar cualquier empresa, y con el cual en verdad ya no hacía falta nadie más. De hecho, los nombres de los otros invitados se me empezaron a desdibujar, sin nunca haberse concretado del todo.

Había una oportunidad de juntarnos a fines de mayo, dado que Fong vendría por esas fechas a México. Así que preparamos todo para tener una sesión en el Submarino: rentamos algún equipo, pusimos cuerdas nuevas y parches a los instrumentos, escogimos un puñado inicial de canciones.
Cuando Fong llegó a México lo primero que hicimos fue hacer un pacto. Normalmente en cualquier grabación hay discusiones, roces, diferencias de opinión. La experiencia nos ha demostrado que las más de las veces eso sólo es una pérdida de tiempo y energía. Esas discusiones suelen ser sobre detalles nimios: una nota, un golpe de platillo, la duración de un acorde. Detalles que pierden relevancia con la perspectiva que da el tiempo. Así que acordamos que esta vez la única condición para estas sesiones sería no hacerla de tos.  No enredarse. No hacerla de pedo y permitir que la música se diera.

Una vez establecido esto, prendo un pequeño pebetero en el estudio y mientras se levantan sus llamas empezamos a tocar. Habría mil cosas, verbalizaciones  y teorías que se podrían elaborar en torno a lo que está por suceder. Pero es mejor que la música hable por sí sola.

Lo primero que intentamos es una pequeña pieza instrumental que gira en torno a una melodía de bajo. Desde el principio Fong y André cambian el tempo y el enfoque. Mientras la tocamos por primera vez me doy cuenta de lo lejana que está ya del demo original ¡es infinitamente más viva! Tras unos minutos nos vamos reencontrando con nuestros sonidos y con el sonido que hacemos entre los tres. No hay mucho que decir, no hay mucho que explicar: la cosa suena. Para la segunda vez que pasa la melodía, Federico la ha convertido en algo absolutamente abstracto. Pero funciona. Tan así que Alfonso y yo mejor le abrimos paso.

Esa misma tarde tenemos ya una toma que nos satisface. Para la noche, tenemos también una toma de Corcel, la primera canción con voz, que hemos escogido por su sencillez. Esta también cambia radicalmente. Fong y Alfonso crean una base mucho más funk de lo que imaginaba yo, pero que establece un mejor contraste entre las partes. El primer día, entonces, arroja resultados por demás alentadores. Y estamos eufóricos. A Alfonso, a Del Águila y a mí nos fascina la musicalidad que emana de las grandes manos de Fong: es como si no tuviera que esforzarse.

Con esa dinámica trabajamos cuatro días más. Días rápidos que sin embargo parecen durar más de 24 horas. No había nada realmente planeado así que todo se resuelve en el momento. Arreglos, nuevas partes, cambios de perspectiva. Pero todo fluye con una lógica propia que nos sobrepasa. Y esa lógica parece ir tomando decisiones correctas. La participación de Del Águila es, por supuesto, indispensable y muy afortunada. Desde esas primeras tomas de bases logra sonidos completos, redondos. Sonidos que dan ganas de morderlos. El espíritu durante las sesiones se encuentra elevado, todos disfrutamos enormemente estar haciendo esta música juntos.

Reunimos así unas cinco o seis canciones antes de que Fong se vaya. Pero es mientras escuchamos la toma de la última, una que llamamos temporalmente Sol Raro (no por la letra, que aun no está terminada, sino por el acorde de Sol en que se basa), que me doy cuenta del sonido que esta ahí, frente a nosotros. Esa canción sufrió un reajuste radical apenas la noche anterior. Como yo la planteaba se acercaba peligrosamente al ska. Y yo no quería hacer ningún ska ni mucho menos. Así que esa noche, en mi casa, tras la sesión en el Submarino, Fong y yo nos juntamos a buscar otra posibilidad. Le dimos vueltas como una hora y al final Federico encontró otra idea rítmica. Al día siguiente se la planteamos rápidamente a Alfonso, quien la resuelve de una manera muy natural, haciendo un paso de tarola con muchos ghost-notes. La grabamos así, sin metrónomo ni nada. La canción se mueve, pero todos nos movemos con ella de una manera absolutamente orgánica. Pienso que es la mejor batería que le he escuchado a Alfonso en la vida (aunque luego hace otras que me harán cambiar de opinión).

Así concluimos esa primera sesión con Federico. Se supone que no habrá otra. El resto de las canciones que he escogido para grabar plantean otros sonidos: más acústicos unas y hasta medio electrónicos otras; loops y ese tipo de cosas. Imagino que las haré con esos otros músicos, cuyos nombres aún no tengo del todo claros. El destino de estas grabaciones tampoco está 100% definido. Sólo se que ya están echadas a andar; y que quiero terminarlas. Se también que plantean una dirección y una energía que me llama y que me va a demandar una involucración total.

Paralelamente a esto, hemos estado armando una banda para tocar en vivo el Odio Fonky y No Más Héroes Por Favor, los discos que he hecho con Jaime López. Hay dos invitaciones para hacerlo, una de la feria de San Marcos, en Aguascalientes y otra de la Ude G, para presentar No Más Héroes en Zapopan. Para ello llamamos a Carlos Maldonado, el contrabajista de Los Dorados. Durante la fiesta de la última presentación de La Barranca en El Lunario, en un momento en el que platicábamos de cualquier cosa, Carlos me dijo: deberíamos hacer algo juntos. Me gusta como toca y me gusta su actitud, así que cuando surgen esas invitaciones pienso inmediatamente en él. El contrabajo, por otro lado, le viene muy bien a la música que pretendemos hacer. De hecho en el disco hay un contrabajo en varias piezas, tocado por Agustín Bernal. Otras requieren bajo eléctrico, pero Carlos también puede cubrirlo perfectamente. En la batería, la elección de André es obvia: hemos estado muy cercanos últimamente, dispone de tiempo y a Jaime y a mi nos encanta como toca.

Así, como un trío con un front man, armamos la banda. Los ensayos resultan terapéuticos. No solo por el humor y la energía incansables de Jaime, sino porque resulta muy saludable embarcarse en esta música nueva. Es regresar al rocanrol: guitarras eléctricas, volúmenes fuertes, cero sutilezas. La exclusividad de mi dieta brasileña de música esta por concluir ¡Quiero oír a Nick Cave, a los Doors, a Las Reinas de la Edad de Piedra!

Y esto también es reencontrarse con la dinámica de hacer una banda. Otra vez, volver a empezar. Para mi, además, resulta muy refrescante ser sólo el guitarrista. No tener que preocuparme por cantar, ni por acordarme de las letras, ni por decir nada. No cabe duda que las cosas son un poco más relajadas desde esta posición.

Así, el 1º de mayo nos presentamos en San Marcos, y todos disfrutamos enormemente la experiencia. Pese a haber hecho dos discos con Jaime, él y yo nunca habíamos tocado juntos así. Habíamos palomeado en varios escenarios y alguna vez nos habíamos presentado como dueto con guitarras acústicas. Pero nunca un programa completo con grupo como este. Mientras lo veo cantar e interactuar con el público, desde mi posición a un lado del escenario, pienso en el largísimo camino que hemos recorrido para llegar hasta aquí. La primera vez que lo vi, en el teatro Carlos Lazo de Ciudad Universitaria, yo estaba entre el público y ni siquiera tenía una banda. Me impresionó profundamente. Pese a presentarse el solo con una guitarra acústica, su participación fue mucho más fuerte y rocanrolera que la de los otros grupos que había en el cartel, llenos de sintetizadores y guitarras eléctricas.

Años después, coincidimos en un bar de Coyoacán en donde yo tocaba con Sangre Asteka y él con Anexas, una banda que había armado por esas fechas. Jaime dice que le gustaba mucho Sangre Asteka, pero no se si nos hicimos cuates por eso o porque al terminar nuestras respectivas presentaciones nos quedábamos el y yo en el bar hasta altas horas de la madrugada. Producto de esas horas, unos años más tarde fue que hicimos el Odio Fonky. Y doce años después el No Más Héroes. Una cosa es cierta: durante todo este tiempo mi admiración por él no ha disminuido un ápice.
A mediados de junio finalmente se cumple la segunda cita, para tocar en Zapopan. La tarde del 15 de junio Alfonso, Carlos, Jaime y yo hacemos la prueba de sonido en el escenario del Cavaret. Mientras me acerco a mi amplificador para hacer algunos ajustes, noto que está sonando mi celular, que está colocado ahí encima. Dejo de tocar para contestarlo y en el silencio que se abre escucho la voz de Federico Fong. Está llamando desde Miami y casi sin preámbulos me dice, José Manuel, he estado pensando en lo que grabamos y para mí está claro: vamos a terminarlo y a sacarlo como La Barranca. Su llamada es tan inesperada que en ese momento no se ni que decirle. Le agradezco la llamada y le explico que estamos en medio de una prueba de sonido. Quedamos en hablarnos después. Antes de colgar vuelve a decirme, piénsalo.

Regreso a terminar la prueba. Pero la llamada de Federico no sale de mi cabeza. De hecho ya no me abandona y cuando salgo a tocar esa noche, en medio de todo lo que sucede en el escenario, en medio de las luces y las canciones nuevas, en medio de la adrenalina y el público, en medio de los tambores de Alfonso y el contrabajo de Carlos, en medio del gusto inmenso que me da estar tocando ahí, con ellos y con Jaime, esa llamada de Fong se integra a todo y hace que la noche parezca infinitamente más vibrante.

De regreso a México planteamos de nuevo formalmente el asunto, ahora con André. Sabemos que implicaría cientos de movimientos logísticos y de coordinación. Pero Fong está decidido. Y Alfonso dice que él también se suma a la idea. La música, por otro lado, ya está ahí. Sabemos a que suena y nos está llamando. Nuevamente, igual que hace doce años es ella la que nos está juntando. ¿Cómo rehusarse a eso?

De alguna manera discutimos las posibilidades. Todo resulta emocionante. Pero antes de dar el siguiente paso, que implica replantear el resto de las canciones, hacer ajustes a todas, escoger otras, quisiera tener cierta perspectiva. De preferencia. Coincidentemente tengo un viaje planeado para fines de mes, que me llevará hasta el Mar del Norte ¡Nada más alejado de México si lo que quieres es perspectiva! Así que propongo formalizar la cosa a mi regreso. El viaje es por barco, y durante las noches en cubierta, con el aire frío del báltico en la cara, pienso en la música que tenemos. Pienso en las posibilidades, en los cambios que habría que hacer, en las nuevas canciones que habría que escoger para trabajarlas. El punto más alejado del recorrido es San Petersburgo. Una ciudad majestuosa como nunca imaginé. Hay cientos de palacios y construcciones monumentales. Templos, plazas, canales. Pero igualmente atractivo me resulta el idioma y, en especial, el alfabeto. Esas letras cercanas a las nuestras, pero al mismo tiempo diferentes, con sus rasgos fuertes y contundentes. Los letreros en calles y comercios me parecen diseños fabulosos, aun cuando sean sólo palabras aisladas. Y es ahí donde, por alguna razón, al estar intentando leer algo veo claramente LABARRANCA. Lo dibujo rápidamente en una servilleta de papel y pienso: tengo que mostrárselo a Gilberto. Se que él podrá hacer algo con eso para la portada de un disco. Se también cual es ese disco y, por consiguiente, se lo que tenemos que hacer cuando regrese a México, a mediados de agosto.

JM

September 28, 2007

Nueva Vida

Filed under: Postales — Jose Manuel @ 1:15 pm

 

                                                     "If you cannot bring good news, then don’t bring any."
                                                      The Wicked Messenger / Bob Dylan

Mr. Fong está a punto de abordar un avión que lo llevará de regreso a Miami. Vino al D.F. a fines de agosto con el ineludible pretexto de ver a Caetano Veloso en el Auditorio Nacional. Nos entusiasmaba mucho ver a Caetano con su nuevo trío, una oportunidad que en México se da cada 12 años. Así que ahí estuvimos, con Alfonso André unas filas más allá, maravillándonos con la audacia del maestro legendario, su invención inagotable y su fructífera búsqueda de una belleza minimal. Ese fue el pretexto y por si sólo valía la pena. Pero en realidad, Fong vino a formalizar una decisión que tomó desde hace un par de meses: vino aquí a cumplir una misión.

Durante las dos últimas semanas él, Alfonso y yo hemos estado grabando las bases de un nuevo disco de La Barranca. Federico estuvo aquí para hacer los bajos de seis canciones nuevas y grabó también unos hermosos pianos para tres de ellas. Se grabaron además unos chelos, con Mónica del Águila, para un arreglo que Fong había escrito. Él y Alfonso prácticamente han concluido las bases del disco y no dejo de sorprenderme por el sonido que producen juntos. Puedes escuchar sus instrumentos aisladamente y reconocer el estilo de cada quien; pero sólo oyéndolos juntos ambos adquieren su significado total: cada golpe de tarola y cada nota de bajo cobran un nuevo sentido, que no tienen cuando los escuchas por separado.

Así, casi hemos completado lo que iniciamos tentativamente a fines de mayo. Entre los tres les hemos ido dando forma y personalidad a estas músicas que nos andan sobrevolando el espíritu desde hace seis meses. Bajo la mano cuidadosa de Lalo Del Águila, la nueva música de La Barranca empieza a mostrar su rostro. Y mientras me alejo del Aeropuerto es inevitable sentir un hormigueo en el cuerpo. Hay muchas cosas sonando en mi cabeza.

Pero a principios del año ninguno de nosotros cuatro sabía ni imaginaba esto. O acaso sólo nuestros estómagos.  Entonces La Barranca estaba suspendida y con muy pocas posibilidades de regresar pronto.

Yo había entrado en una especie de retiro voluntario/involuntario. No tenía planes inmediatos ni tampoco muchos deseos insatisfechos por cumplir. Me sentía un poco como un observador de mi propia realidad, de mi propio entorno, del país. Y lo que podía ver a mí alrededor era un montón de desintegración y ruptura. Como oleadas sardónicas e interminables de la grieta que partió en dos a este país en julio del año pasado. Claro, no lo partió entre buenos y malos, pobres y ricos (siempre lo ha estado); ni siquiera entre izquierda y derecha (¿habrá términos más obsoletos que estos a principios del siglo 21?). La división fue entre lo que creíamos ser y lo que realmente somos. Y esa imagen no estuvo chida. Propició un montón de desconfianza, paranoia, miedo. La realidad ha cambiado, la forma de vernos a nosotros mismos ha cambiado. Pero las heridas permanecen, los vicios sólo cambian de color y el hambre por el poder está más descarada que nunca.

Ante ese panorama considero mis opciones, que no son muchas. No se cuando volveré a tocar, no hay nada en el horizonte cercano. Existe la posibilidad de tocar en vivo el disco que hice con Jaime López, No más héroes por favor. Estoy contento de haber sacado el disco, tras muchos obstáculos e interrupciones. Me gusta también como suena: es un terreno diferente al que hubiéramos llegado Jaime o yo, cada quien por su lado. Es denso y no hay nada en el panorama que se le parezca. Cuando lo sacamos, a finales del 2006, no había planes para tocarlo en vivo. Pensamos que sería sólo un trabajo de estudio, similar a su antecesor, el Odio Fonky. Pero ahora se abre un espacio y también hay una invitación remota por parte de la U de G para tocarlo en vivo. Sería divertido tocar con Jaime; siempre es divertido trabajar con él. Pero para ello habría que armar una banda. Y armar una banda implica un chingo de esfuerzo: encontrar a los músicos indicados, poner un repertorio, buscar un sonido. Puede ser, quizá, pero por ahora la invitación se ve remota: tan remota como junio visto desde enero.

Considero también la posibilidad del retiro. A lo mejor ya hice todo lo que tenía que hacer en la música. ¿Podría vivir sin la idea de ser un “músico profesional”, sin las adrenalinas, sueños y responsabilidades que eso conlleva, dedicado sólo a mi vida privada? Tal vez. 
 

¿Podría vivir sin eso que llamamos rock? Seguro. Después de todo llevo ya casi cinco meses escuchando solo música brasileña. Me sumerjo en ella con el mismo asombro del explorador que descubrió el Océano Pacífico: intrigado de saber que existe un mar virgen, al menos tan amplio y profundo como el que uno creía conocer. Y siento que no necesito realmente del Atlántico. Chico, Joâo, Caetano y demás son capaces de suministrarme todo cuanto necesito de la música.

Pero es curioso como algunos artistas tardan años en entrar en nosotros. No sé a ciencia cierta qué es lo que a veces lo impide. Nuestra propia formación, nuestros prejuicios. O tal vez nuestras expectativas. A veces estamos tan aferrados a ellas, que esto nos impide ver cualquier cosa que no se les parezca. Por ejemplo, en mi primera incursión en la música brasileña, hace unos doce años, me dio por comprar discos un poco a ciegas, simplemente por el deseo de explorar. Me gustaban Caetano y Tom Zé y pensé que podría encontrar cosas similares. Obviamente no hay nada estrictamente similar a ellos (y eso es lo que los hace grandes), pero pensé que podría haber cosas cercanas, antecedentes acaso. Todos remitían de alguna u otra forma a Joâo Gilberto, así que me compré un disco de él que se llama Amoroso. Puse el disco en su momento y no me dijo nada: venía envuelto en arreglos de cuerdas que me parecieron demasiado suntuosos y al mismo tiempo disonantes; la interpretación misma de Joâo no me pareció arrebatadora ni mucho menos. Así que quité el disco y lo guardé.

El año pasado estuve en Río y realicé una segunda incursión, ya con algunas coordenadas mucho más específicas. Escuché, leí y compré varias cosas. De nuevo todas remitían a Joâo, como el maestro primigenio del que habían surgido todos los otros artistas que me gustan. Así que decidí probar de nuevo. Esta vez con una grabación hecha en Tokio en 2002, con Joâo a la edad de 72 años.
Ahí, solo con su guitarra y su voz, sin ningún elemento adicional, Joâo se me reveló: una música en donde cada elemento es lo justo para alcanzar la belleza y la emoción. Una música en donde la precisión y la inventiva extremas no son arrojadas como desplante, sino presentadas de manera contenida, como parte de la canción. Lo que me gustó de esa música es que, más que nada, es sugerencia: todo está contenido ahí, pero hay que hacer un ejercicio de verdadera escucha, escucha imaginativa, para percibirlo. Y qué sofisticación rítmica y armónica!

Pensé, ¡qué lejos está el rock de esta música! Me pareció lamentable que, de alguna manera, los músicos de rock se vean obligados a exagerar el gesto para “prender” a su público. ¿Es necesario simular el orgasmo? La emoción es o no es. Y cuando es simulada deja de serlo para convertirse en simulacro.

El caso es que regresé al disco que tenía guardado y esta vez pude disfrutarlo completamente. Incluso pude apreciar en todo su esplendor su versión de Bésame Mucho que, como fan irredento de la rola, antes me había parecido demasiado extraña. Pensé en el largo tiempo que me había tomado estar listo para oír esta música. Pero después, yéndome más para atrás en la discografía de Joâo descubrí algo extraordinario: ¡yo ya lo conocía desde niño! Mi madre tenía un disco de él, que oía con mucha frecuencia cuando yo tenía entre 3 y 5 años. Sólo al volver a oírlo con atención lo recordé. Le hablé a mi madre para confirmarlo y me dijo que lo conservó hasta que dejó de oír acetatos. Así, esta música ya estaba de alguna manera inscrita en mí. Pero cuando la oí, después de años, no la reconocí porque yo estaba esperando oír elementos de rock en ella. Mis expectativas me cegaron.

Estos y otros descubrimientos igualmente deslumbrantes llenan mis días de principios de año. Por el momento, cubren mi dieta musical: no necesito nada más.

Pero del otro lado del oyente, la música me sigue atrayendo: tocarla, estar cerca de ella, olerla. Supongo que siempre habrá una guitarra por ahí. Incluso sé que puedo aproximarme a ella como instrumento estrictamente personal, como una herramienta para hablar conmigo mismo. Y sé también que es factible tocarla sin ninguna pretensión. Eso me lo enseñó André hace apenas unos meses. A mediados del 2006 me llamó para que nos juntáramos unos días a grabar en el Submarino. No me informó la naturaleza del proyecto o si es que había tal. Aparentemente sólo se trataba de juntarnos: llevar los instrumentos y grabar durante cuatro días con Marco Mendoza, cualquier cosa que surgiera en el momento. Así lo hicimos y surgieron muchas ideas de ahí. Fue muy placentero tocar con André de nuevo y reconocer su vocabulario, su sonido específico. Una suerte de baterista que hace melodías con sus tambores. Yo pensaba que Alfonso quería hacer un disco solista o algo, así que cuando terminamos las sesiones le pregunté que cuál era su plan. No quiero hacer ningún disco solista ni nada, me dijo. Sólo te llamé porque tengo ganas de tocar y me gusta tocar contigo, punto.

En ese momento tal postura me pareció excéntrica. Pero ahora me resultaba totalmente comprensible: tocar por tocar, dejar que los dedos deambulen por la guitarra, buscando cosas por si mismos. Si acaso aparece algo qué bueno; si trae una melodía, mejor. Una frase sería ya un regalo.

Y así me paso el principio del año, buscando canciones sin la ambición de salir en MTV. Sin la ambición siquiera de terminarlas.

Se supone que debería inventarme un disco solista, de preferencia uno instrumental. Pero el que querría inventarme ya lo hice hace años. Se trataba de música instrumental para guitarra relacionada con el cine. Fellini, zooms, close-ups. Cada canción era un soundtrak imaginario y para cada una de ellas se hizo un pequeño film. En el booklet del disco los músicos aparecen como los actores en los créditos de las películas. Esa fue mi idea y se llamó Yendo al Cine Solo. ¿Qué caso tendría hacerla de nuevo?

Preferiría desarrollar algo con la voz. Ese si es un terreno que me interesa explorar. Me quedé con eso desde que terminamos de grabar El Fluir. Como si estuviera a punto de descorrer un velo. Entonces, mientras mis dedos divagan sin ambiciones, yo canto sin pretender llegar a ningún lado.

Parte de mi retiro implica un cierto voto de silencio. Para empezar no quiero hacer entrevistas que tengan que ver con La Barranca. Básicamente porque no tengo nada que decir, no hay nada nuevo. Hace dos años que no hacemos un solo compás de música nueva. Por esa razón tampoco visito la página con mucha frecuencia. Cada que lo hago me topo ahí con linchamientos, rumores, disputas. Sé que se supone que yo he de dar algunas respuestas, pero la verdad es que no tengo ninguna. Al menos por ahora.
¿Qué es La Barranca, quién es, cuál es el espacio que le pertenece, que sigue?

Además, hasta donde yo recuerdo, no somos un grupo de chismes personales. Nunca hemos salido en el TV y Novelas  y no creo que sea el momento de empezar a hacerlo. Así que pienso que lo mejor será esperar. Si acaso hay alguna suerte de símbolos o señales en el aire no estoy en condiciones para leerlos. Por ahora sólo toco una guitarra acústica.

A mediados de febrero aparece de nuevo Alfonso. Esta vez trae algo más concreto. Sucede que a finales del 2006 Federico Fong vino al D.F. a ver un asunto de negocios. Cada vez que viene nos da un gusto inmenso, como su persona, la posibilidad de verlo. Así que hicimos arreglos para juntarnos los tres a cenar. Al calor de algunos brindis pre-navideños jugamos con la posibilidad de hacer un grupo entre los tres, siempre hay esas ganas de tocar otra vez juntos. Cuando salieron de La Barranca sé que fue con verdadero pesar. Pero la relación personal se mantuvo intacta, así que siempre hay ese coqueteo, esas ganas de tocar de nuevo. Esta vez decimos que sería un grupo anónimo, con algunos otros músicos, y que tocaríamos sólo canciones de amor. Nos divertimos diciendo que sería una onda medio country. Incluso nos inventamos unos seudónimos y al final quedamos de mandarnos cosas para trabajarlas. Yo digo que tengo algunas canciones por ahí, viejas, que tal vez se pueden prestar para esto.

Y casi lo había olvidado, pero ahora esta aquí Alfonso para trabajar concretamente en esa idea. Pienso que no implica gran cosa: las canciones ya están hechas. Al menos eso creo. Pero, de entrada, mis viejos demos le parecen horribles a Alfonso y propone hacerlos de nuevo para enviárselos a Fong. Quizá tiene razón. Después de todo, algunos de esos demos los hice hace 15 años o algo así. ¡No existían ni siquiera el Acid o el Protools! Tal vez al menos podemos rescatar las canciones.

La primera que trabajamos se llama Presagio y es una cosa que tengo desde los inicios de Sangre Asteka. La tocábamos en vivo pero nunca la grabamos cuando hicimos el disco. Es una de esas canciones que por alguna razón guardas ahí por años: hay algo en ella que te gusta, pero…

La idea con André es hacer un demo muy simple para Fong: sólo una guitarra acústica y un patrón percutivo. Alfonso cambia el ritmo que proponía el demo y la canción adquiere un carácter más soul. Mientras la grabamos (en el Acid, por supuesto) me doy cuenta del problema que tiene desde hace 15 años: le falta un coro ¿Cómo es posible que antes no me diera cuenta?  Este descubrimiento me intriga. Pronto encontramos la parte que le falta y se la ensamblamos. Así, una estructura de 1989 se resuelve con un  coro del 2007. Pero es justo esa sensación, la emoción intransferible de resolver una canción, la que me maravilla y me llena de endorfinas.

Con ese ánimo hacemos los nuevos demos de unas tres canciones más. Trabajamos rápido y enfocados. Nos gusta lograr una simplicidad extrema: sólo acordes, ritmo y melodía.

Entusiasmados se las mandamos a Fong. Y esperamos una respuesta que (entonces no lo sabemos) nunca llegará.

Pero el ejercicio me ha despertado de nuevo una ambición: la de hacer canciones. Y, sobre todo, la de terminarlas.

Febrilmente me vuelco a revisar las cosas que tengo por ahí guardadas, en diferentes estados de terminación. Veo que hay un montón, como para sumergirme un buen rato. Me acuerdo que incluso tengo una canción nueva que casi está terminada. Se llama San Miguel y la estrené la última vez que La Barranca tocó en Zapopan. La había hecho la noche anterior, casi de un sólo golpe. Pero me latió tocarla, aunque no estuviera totalmente terminada. Como esa prenda que intencionalmente olvidamos en algún sitio para tener que regresar a él.

No sé cuantos secretos guarda la música. Así como ciertos artistas tardan años en revelársenos, ciertas frases de algunas canciones pueden tardar años en ser comprendidas cabalmente. No su intención semántica o su significado, sino la posibilidad de revivir verdaderamente la situación que lleva al autor a decir tal cosa. O mejor aún, la posibilidad de hacer esas frases verdaderamente nuestras, para una circunstancia personal, incluso si ésta no tiene nada que ver con la intención original del autor. Pienso en esto mientras escucho otra canción brasileña que dice algo como:

Jamás pensé
que componer una canción
fuera para mi
tan desesperadamente necesario.

En la canción el protagonista está en un cuarto de hotel del otro lado del Atlántico. Intenta comunicarse a su casa y no puede hacerlo: no se entiende con la operadora, las líneas fallan. Decide entonces hacer una canción.
Yo no estoy del otro lado del océano. O quien sabe. Pero siento esa necesidad.

Sé que tengo que trabajar en esto y ver qué es lo que la música me dice. Si acaso hay respuestas ahí van a estar. Es la única brújula que poseo por el momento.

Lo que me gusta en la música es encontrar esas soluciones, la lógica dentro del caos. Quizá encontrar ahí un orden que en el resto de mi vida no se manifiesta. Para Picasso, cada cuadro era la solución a un problema específico, un problema pictórico. Las canciones son así y me gustaría saber como se resuelven. No sé cuántas he hecho pero lo cierto es que aun no tengo una fórmula. Acaso porque no la hay.

Me regalan un libro fabuloso, se llama Songwriters on Songwriting. En él varios autores hablan de su proceso creativo. Lo que hace chido al libro son justamente los autores entrevistados: Bob Dylan, Leonard Cohen, Brian Wilson. Sé que no estoy a la altura de ninguno de ellos, pero no por eso deja de interesarme lo que cuentan. Cohen dice que puede trabajar una canción durante años, a veces hace varias versiones de la misma, totalmente diferentes entre sí. Dylan habla de cosas metafísicas, como sus canciones, y es difícil sacar algo en claro. Habla de pensamientos buenos y malos y luego dice que lo importante es deshacerse de ambos. Entrar en una especie de inconciencia. También afirma que es más importante dar que tomar. Lennon por otro lado, decía que componer era juntar pedazos de cosas disímbolas. McCartney no dice nada, sólo lo hace. Chrissie Hynde, de los Pretenders, dice que es necesario estar encerrado en un cuarto, sintiéndote miserable hasta el punto de arrastrarte por el piso. Entonces tal vez algo pueda surgir.

Al leer todos estos testimonios puedo relacionarme con ellos. He pasado por ahí. Pero lo que queda claro es que nadie sabe a ciencia cierta como escribe: no hay reglas. Y eso es lo que lo hace enormemente atractivo.

Para entonces yo he juntado varias ideas y trabajo en ellas simultáneamente. Eso es lo que funciona para mí: tener varias alternativas, como órganos palpitantes que me demandan atención. Avanzo un poco a una pieza, luego a otra. Las siento como una familia de gatos a los que tienes que alimentar.

Alguna suerte de disciplina se deriva de ahí. Y trabajo en eso mientras esperamos la respuesta de Fong a los demos que le enviamos. Una respuesta que tarda en llegar.

Las ideas que he escogido son muy diversas entre si. Me gusta ese eclecticismo. Hay canciones que tienen aspiraciones u orígenes country, techno, samba, rock. Me gusta que haya varios colores aunque al final todas acaben sonando a mi mismo. Uno empieza haciendo una canción con la idea de que sea de tal o cual tipo, pero en el camino la canción decide por si misma y acaba siendo lo que tiene que ser. Mejor. Una cosa que diferencia a éstas es que todas me llevan a buscar otras formas de cantar. Quizá ese sea el común denominador. Lo importante ahora, lo que me motiva, es irlas resolviendo, encontrarles su solución. Ya sea en un acorde, en una palabra, en una nota, en un compás.

A finales de febrero llega un correo de Fong. Trae un archivo MP3. Pero no, no es la respuesta que estábamos esperando Alfonso y yo. No tiene nada que ver con los demos que le enviamos; Federico los ha ignorado por completo. Lo que manda es una canción que recién compuso, una canción con piano. Me pide que la escuche y que, si me late, le ponga una letra. Abro el archivo y lo escucho con atención; hace años que no me envía algo así.

Por las bocinas surge una música totalmente acabada, una canción con partes, cimas y valles que me reconecta con la musicalidad de Fong. Me puedo identificar totalmente con ella. Me siento verdaderamente sorprendido al darme cuenta de que Federico ha seguido creciendo en la música. La canción me sugiere tantas cosas concretas, que para la tercer oída ya tengo algunas ideas.

Cuando André la escucha también le gusta mucho y ambos decimos: ¡hay que traer a Fong!

La rola tiene un ambiente espacial, galáctico; sutilmente melancólico. Se sostiene con el puro piano, podría no necesitar nada más. Casi en automático me pongo a escribir la letra que escucho contenida en ella. Habla de las estrellas y de los soles que en este momento están naciendo en alguna parte del universo. Más bien transcribo. Pero la rola me obliga también a buscar una forma diferente de cantar. La llamamos Nueva Vida y en cuanto está lista se la envío de regreso a Fong. Al rato me llama para decirme que le gusta el resultado.

De repente tenemos una canción nueva. Es decir, una solución. Y por lo tanto una respuesta.

Sé que se unirá a la familia de gatos que exigen alimento, aunque ésta ya está casi formada. Pero algo esta diciendo y tengo que escucharlo.

Y también sé que por ahora ya he escrito demasiado; mejor será continuar escribiendo esta bitácora retrospectiva más adelante. Por lo pronto es bueno recordar que, justamente hace 12 años, André, Fong y yo nos subíamos a un escenario en el segundo piso de un edificio del Centro de la Ciudad de México, para tocar por primera vez como La Barranca. Atrás de nosotros había un puñado de canciones medio resueltas y una manta de Joel Rendón. Adelante, sólo lo que nos permitía ver el corazón. Exactamente igual que ahora. En un cierto sentido, uno siempre está empezando. Aunque ahora el punto de partida es enteramente diferente; y me alegro mucho por ello.

JM

October 25, 2006

SAN MIGUEL ARCANGEL

Filed under: Postales — Jose Manuel @ 5:24 am

SAN MIGUEL ARCANGEL


Estábamos buscando una escenografía para los conciertos del Fluir Total. No queríamos recurrir a las imágenes amplificadas del bordado de Claudia porque, aunque eran las más apropiadas, ya las habíamos utilizado hacía un año justamente ahí, en El Lunario. Queríamos también darle una imagen distintiva a estos conciertos, en los que presentaríamos juntas las vertientes eléctrica y acústica de La Barranca. Sabíamos además que, de cualquier manera, se necesitaba algo para vestir el escenario, que de otra forma quedaría muy austero.


Me imaginaba, vagamente, una especie de paisaje al alto contraste, que sirviese como fondo para lo que íbamos a hacer en el escenario. Este paisaje naturalmente luciría más en la parte acústica, cuando íbamos a estar sentados. Revisé algunos libros de imágenes pero no encontré, de entrada, nada que me convenciera. Alejandro me llamó entonces para sugerir a Joel Rendón, incluso, me dijo, podríamos plantearle que hiciera algo en vivo, tipo action painting, tal y como lo había hecho un par de años atrás con motivo de la inauguración de una muestra de sus grabados en La Pirámide. Aquella vez Joel realizó, en el momento, la imagen de un tolteca a grandes trazos sobre un lienzo de papel, mientras los de La Barranca, delante de él, tocábamos una versión expandida de Cómo si fuera tolteca. Precisamente.


La sugerencia de Joel (¡claro!) no sólo era acertada sino natural. Después de todo, la primera vez que La Barranca se presentó en vivo, hace 11 años, en el extinto Bar Mata del centro de la Ciudad de México, fue justamente con una escenografía de Joel Rendón (entre el público estaban Jaime López, el fotógrafo Fernando Aceves, el periodista David Cortés, el Dr. Fanatik, Saúl Hernández y el propio Joel).


Ya he contado varias veces la anécdota de cómo nos conectamos con Joel, buscando la imagen de un poster para esas tocadas en el Mata. En un principio, viendo sólo sus estampas en un libro, Fong, André y yo creímos que Joel era un grabador ya fallecido, de principios del siglo XX o algo así. Finalmente resultó que era de carne y hueso (o al menos lo parece), así que lo contactamos personalmente. Desde ahí se estableció una cercanísima relación entre él y La Barranca, por una serie de coincidencias artísticas y temporales, que a lo largo de los años ha arrojado muchos frutos. No sólo las imágenes que aparecen en las portadas del Fuego de la Noche, Tempestad y Denzura, sino muchas otras cosas más.


El caso es que, atendiendo a la buena idea de Alejandro, le llamé a Joel y le platiqué muy rápidamente lo que buscábamos. No mencioné siquiera que tipo de concierto iba a ser, ni que eran las últimas presentaciones del año. El sólo me preguntó el nombre del evento. El Fluir Total, le dije. Joel, como siempre, se mostró interesado. Había dos posibilidades: la del action painting, que a todos nos prendía a pesar de que, en ese momento, no contábamos con información precisa de las dimensiones y disposición del escenario, por lo que había ciertas dudas; y otra posibilidad, más a la segura, que era simplemente recurrir a una imagen del vasto catálogo de Joel, una que se prestara para el evento, y mandarla amplificar. Quedamos en que la iba a pensar.

Un par de días después (y el tiempo era apremiante pues la fecha del Lunario se acercaba) me llamó Joel y me citó en su taller del centro, para que discutiéramos las opciones. El taller esta justamente en el Museo de la Ciudad de México, donde (que curioso, que coincidencia) Alonso, Chema, Alejandro y yo tocamos por primera vez juntos cinco años atrás, en una presentación de Yendo al cine solo.


Joel había coqueteado, por un lado, con la idea del action-painting, incluso sugería llevar una modelo. Se suponía que él estamparía sellos sobre ella, sobre su cuerpo desnudo, mientras nosotros tocábamos. No estaba mal. La chava incluso hacía malabarismos con fuego, planteó Joel. ¿Fuego? Yo no estaba seguro de que el espacio en el escenario y las condiciones del evento se prestaran para la pirotecnia. Pero había además otro problema más grave: la modelo y Joel no podrían ir a Guadalajara, por lo que de cualquier manera tendríamos que hacer otra cosa para resolver la escenografía allá. Sin darle muchas vueltas descartamos lo de la modelo y nos fuimos por la opción más segura: buscar una imagen existente.


Joel traía un par de carpetas de grabados y los revisamos rápidamente. Había varias que a mi me gustaron, claro. Pero él no estaba convencido. ¿Por qué? le pregunté. Por la técnica, me dijo; esta onda del fluir total me sugiere un trazo más libre, con más movimiento. Me enseñó un grabado reciente, que había hecho con ese principio del que hablaba. Estaba increíble y entendí lo que quería decir, parecía en verdad tener más movimiento. Lamentablemente esa imagen era vertical, y para la escenografía requeríamos algo horizontal. Pus hay que hacer una nueva, dijo Joel, no hay de otra. Sólo que faltan cuatro días para el tokin Joel, y hay que considerar un día y medio de impresión ¿tu crees que la tengas lista para el miércoles? A lo mejor si, quien sabe, me contestó, soltando una risita.


No quise irme de ahí sin acordar que, de no terminar la imagen, usaríamos una de las existentes como plan de contingencia. Llamamos al impresor y lo citamos para el miércoles al medio día. Joel se dirigió a continuar su clase, pero era claro que estaba entusiasmado con la idea de hacer algo nuevo. Yo me quedé unos minutos más en el patio del museo.


El martes en la tarde me llamó Joel. ¿Ya la tienes?, le pregunté inmediatamente. No, me dijo, pero ya la vi. Se oía contento. Luego agregó, a manera de explicación: Eso era lo difícil, verla, ahora sólo es cuestión de hacerla; le voy a echar talacha al grabado hoy en la noche y nos vemos mañana como quedamos. Colgamos. No se me ocurrió preguntarle qué era. Después me quedé pensando que nunca había cuestionado a Joel acerca de sus interpretaciones visuales para las músicas de La Barranca, y que sin embargo, éstas siempre habían sido muy acertadas. Así que confiaba totalmente en él. Y estaba seguro que los demás también.


Y ahora que lo pienso, la relación con Joel ha sido, desde siempre, más bien de carácter intuitivo, vivencial. Jamás ha habido demasiadas teorizaciones ni choros al respecto de nuestros trabajos. Excepto cuando ha habido mezcales de por medio, lo cual implica que esas teorizaciones ya se han olvidado al otro día.


Llegué el miércoles a la cita. El impresor Enrique Betancourt y Joel ya estaban ahí, éste con visibles trazas de no haber dormido en toda la noche. A ver pues, qué tenemos.  Joel sacó un rollito como de tela de seda, de unos 15 x 45 centímetros. Ahí venía impreso, en blanco y negro, el grabado que había estado haciendo toda la noche. Lo desenrolló sobre la mesa y la imagen que apareció me dejó casi sin palabras. En primer lugar porque representaba a un ángel; un arcángel de hecho. Uno se imagina a Joel haciendo calaveras, víboras, cactos. Nunca le había visto un ángel. Pero aparte de eso, la imagen en sí era espectacular y llena de un misticismo que de alguna manera me sacudió. El grabado en realidad representa, como imagen central, a un imponente San Miguel Arcángel, quien con su espada flamigera se enfrenta a una feroz serpiente, destruyendo columnas y edificios en el combate. A su lado derecho hay un niño (con rasgos indígenas) que parece estar muy concentrado construyendo una pirámide o algo así. En su construcción parece utilizar incluso piezas que quedan de la devastación que provoca el Arcángel en su pelea. A su izquierda aparece la figura de una mujer, desnuda, de espaldas, lo que le imprime cierta serenidad a la escena de la batalla. El paisaje en si es ominoso, de cielos oscuros y montañas cerradas. Y vemos por ahí un águila que lo sobrevuela.


Yo sabía que San Miguel Arcángel no era precisamente un angelito de la guarda. Es en realidad un guerrero, un General que, en la imaginería católica, comanda los ejércitos celestiales. Ni más ni menos. Su misión fue enfrentar al demonio y vencerlo, expulsándolo del paraíso. Según la tradición, San Miguel logró la victoria tras un terrible combate. El arma con que se representa al San Miguel suele ser precisamente una espada flamigera o a veces una lanza. (Aunque hay una representación, allá por Cacaxtla -que buenos murales, se los recomiendo- en la que en vez de espada el San Miguel trae unas ramas de pirú, como esas con las que se hacen las limpias). El demonio suele representarse como un dragón; y normalmente estas escenas son muy sangrientas, hasta el extremo gore.


En San Miguel de Allende, Guanajuato -donde yo pasé muchos veranos en la infancia, gracias a unos tíos que poseían una magnifica casa colonial con alberca a un lado de la Plaza de Toros- la imagen del San Miguel, con su coraza celestial y su espada, era veneradísima y siempre me resultó impactante. De las muchas imágenes católicas que adornaban los corredores oscuros de esa casa antigua, las cuales en su mayoría me provocaban miedo, la del San Miguel, a pesar de lo sangrienta, resultaba de alguna manera reconfortante: a fin de cuentas, él le ganaba al diablo.


¿Cómo la ves?, me preguntó Joel.   Después de un buen rato le dije, nombre, está pocamadre. La verdad es que, aun sin entenderla del todo, no podía dejar de ver la imagen. El impresor Enrique me sacó de mis pensamientos con cuestiones de índole práctica: tamaños, materiales, tiempos de entrega, precios. Acordamos todo rápidamente y él se despidió. Tenía que chingarle también por su cuenta si queríamos que entregara la escenografía al otro día.


Nos quedamos solos Rendón y yo y entonces, por una vez, le dije: ahora si, explícame porqué hiciste esto. Lo que sigue a continuación es lo que Joel me dijo:


San Miguel fue uno de los primeros iconos cristianos que se sincretizaron con los dioses prehispánicos de los aztecas, inmediatamente después de la conquista. Así como la Tonantzin convenientemente se transformó en la Virgencita de Guadalupe, el San Miguel fue más o menos empatado con el mismísimo Huitzilopochtli, el dios de la guerra.


El caso es que San Miguel, con sus alas, su espada y su coraza celestial, caló hondo entre los mexicanos; hay muchos templos dedicados a él, especialmente en el centro del país. Su fiesta se celebra el 29 de septiembre (el día que iba a tocar La Barranca, obviamente).


San Miguel Arcángel enfrenta al demonio, al mal, o si prefieres, simplemente podemos decir lo malo. Aunque según yo, lo malo no necesariamente es siempre un enemigo externo, muchas veces puede ser interno. (el mal se esconde donde no imaginas, pensé yo). De cualquier manera, para vencerlo es necesario librar una batalla en la que, como en esas peleas de películas de artes marciales, San Miguel y su rival arrasan con todo a su paso. La batalla, inevitablemente, implica devastación y destrucción. Sin embargo, aunque dolorosa, no es una destrucción ciega, inútil, sino algo que es necesario: detectar al mal y arrancarlo, para después poder construir de nuevo, ya liberes de él. Entonces es también una especie de purificación. (Por eso a veces ponen al San Miguel con las ramas de pirú en vez de la espada).


Y por eso está ahí el niño levantando una nueva construcción, para lo cual utiliza los restos del combate; entre ellos aparece tanto una imagen de la corona (que representa a los conquistadores), como una greca (que representa a los vencidos). Porque en el fondo, la construcción nueva se hace con materiales de ambos lados y eso es lo que, a fin de cuentas, somos los mexicanos: ya no somos ni aztecas ni españoles, sino otra cosa que resultó de la mezcla entre ambos. La poderosa imagen del San Miguel Arcángel no sólo simboliza el triunfo del bien sobre el mal sino que, de alguna manera, al menos para mi, representa también la visión de los vencidos: la aceptación de un símbolo cristiano que, a fin de cuentas, resultó más poderoso que los que tenían los aztecas. Y eso todavía duele, como no. Entonces, el niño inicia la construcción, pero en base a una mezcla. Y de alguna manera, al ser niño, también sugiere el perdón. Ya es hora de aceptar todo lo que somos.


¿Y la mujer, pregunté, representa también la construcción, en este caso a través de la fertilidad? No, la mujer representa la espera. La batalla no se libra en un día, y la devastación generada por ésta puede ser profunda. Para empezar a construir de nuevo, se hace necesaria la espera.
Bueno, le pregunté al final ¿Por qué crees que se te ocurrió hacer precisamente esta imagen? Pues no se, como que quería exorcizarme o algo así, cerró Joel, riéndose.


***


El viernes al mediodía, al más puro estilo Contacto en Francia, Chema, Rodrigo y yo nos vimos con el impresor Enrique en Miguel Ángel de Quevedo, de coche a coche. Nos entregó los lienzos de la escenografía ya amplificada. Chema y yo abrimos uno ahí en la calle y se veía magnífico, así, en grandote. Se fue directo para El Lunario, donde el montaje de audio ya estaba comenzando. Ahí Rodrigo se encargó de armar toda la imagen, que está formada por 7 paneles, y para cuando llegué yo a la prueba de sonido, a eso de las 4:30, ya estaba lista. Lucía impresionante y a todos nos fascinó.


Esa noche, el 29 de septiembre del 2006, La Barranca tocó bajo la imagen de San Miguel Arcángel. Confiamos en que lo mismo habrá de suceder este 28 de octubre en Zapopan.


Los arcángeles son los únicos ángeles que no son anónimos. De entre ellos (se conocen también Rafael y Gabriel, aunque algunos escritos hablan de siete) la personalidad de Miguel es la más definida. Además, es el único arcángel militar, el único que comanda ejércitos. Según la mitología católica son varias las apariciones que ha tenido San Miguel, aparte de su enfrentamiento primigenio con el demonio. Se les ha aparecido a pastores, monjes y obispos, normalmente para indicarles que se levanten templos en su honor.  Y se prevén, al menos, dos apariciones más: una en el Apocalipsis, cuando nuevamente en plan guerrero habrá de enfrentar y dar muerte al anticristo; y otra en el juicio final, cuando su misión consistirá en conducir a los muertos, cuyas almas pesará previamente  con una balanza.


MICHAEL VICTORIOSUS, PRINCEPS MILITAE CAELESTIS, PUGNAT CUM DRACONE.


José Manuel

March 14, 2006

Filed under: Postales — Jose Manuel @ 1:05 pm

 

Bueno, finalmente hemos concluido con nuestra pequeña incursión televisiva. Por el momento. Aprendimos lo que teníamos que aprender, sufrimos lo que teníamos que sufrir y nos vieron muchos que de otra manera jamás tendrían el chance de hacerlo.

 

También fuimos crucificados por otros y esto sólo nos hizo recordar como la imagen del mundo se construye a base de preconcepciones.

 

Una que no acabo de interpretar es aquella de que un grupo “se vende” al salir en la tele ¿Cómo, de qué manera podría venderse sólo por aparecer ahí un par de veces? Quienes suponen esto seguramente no tienen idea de lo que pagan por salir en la tele y, como nosotros, supongo que tampoco han de estar sindicalizados!

 

Entiendo que hay un montón de artistas que entregarían su alma por salir ahí. Y de hecho el 90% de los músicos de rock que conozco no tienen otro sueño que salir en MTV. Pero nosotros decidimos aceptar apariciones en cualquier espacio que:

 

a)     No imponga ninguna restricción en cuanto a qué tocar y cómo tocarlo. Esa es una decisión exclusiva de la banda.
b)    Que ofrezca un mínimo de condiciones técnicas para sonar bien y
c)     Que haya un trato de respeto (ya no digamos de conocimiento) hacia nuestra música, nuestro personal y nuestra trayectoria.

 

Siempre corres el riesgo de equivocarte al validar esas condiciones, pero me parece que en los dos programas que nos invitaron se cumplieron en buena medida.

 

Y ahí aparece otra preconcepción: uno espera que a tipos como Rocha o Cesar Costa les valga madres La Barranca, pero resulta que son más interesados, sencillos y abiertos que muchos conductores rockers que conozco, que no tienen ni la décima parte de la trayectoria de estos señores.

 

En fin. Fue una experiencia, ¿diferente? si, ¿divertida? no tanto, ¿lo volveremos a hacer? quien sabe. Quizá después de todo la idea de incursionar en el mundo del porno no se nos de mucho.

 

Entiendo también a quienes dicen que no les gusta ver la tele. A mi tampoco me late mucho. Pero créanme, prefiero mil veces verla que hacerla.

 

Pero hablando de preconcepciones, hay otra que supone que La Barranca es un grupo que no aparece en determinados lugares o situaciones por favorecer un cierto hermetismo de culto. Cierta cofradía secreta que se reserva el derecho de admisión de sus miembros. Y créanme, no hay nada más alejado de la realidad que eso!  Si no hemos ido a Ciudad Juárez o a Oaxaca o a Colombia no es porque no hayamos querido, sino porque no nos han invitado, o porque cuando lo han hecho no se han cumplido las condiciones de las que hablé antes.

 

Y esto viene a cuento porque mañana es la salida de El Fluir en USA y Canadá. El último disco de nosotros que se editó allá fue Tempestad, hace ocho años. Y si no habíamos editado los demás no es porque no hubiéramos querido, sino porque desde entonces no habíamos encontrado de nuevo la gente y las condiciones para hacerlo. Pero durante todo ese tiempo jamás dejamos de recibir correos y peticiones de estos lugares de quienes querían la música y les resultaba muy difícil o imposible conseguirla. Son innumerables las anécdotas de quien tuvo que ir a Tijuana para conseguirlo o encargárselo a algún pariente o amigo que viajaba a México. Hubo muchos que se aventaron el engorroso proceso de solicitarnos los discos por correo, haciendo malabares para depositar el importe y esperando después semanas inciertas para recibirlo. Para toda esa gente que siempre estuvo ahí es que lo editamos ahora. Y estamos muy contentos de poder hacerlo, porque siento que de alguna manera les debíamos el esfuerzo.

 

El Fuego de la Noche también se editó allá a través de MCA pero con él pasó una historia horrible. Nosotros habíamos dado la autorización para que el disco se editara en EU pero, obviamente, los de MCA jamás nos tuvieron al tanto. En una ocasión, en un viaje a Los ?ngeles, André, Fong y yo entramos a un Tower Records a comprar discos antes de una presentación. Cual no sería nuestra sorpresa entonces al ver a El Fuego.. en uno de los estantes del Rock en Espaniol. Casi brincamos del gusto y cada uno se compró su copia (ni soñar con que los de MCA nos mandaran unas). Una vez en el hotel abrimos nuestros discos con ansiedad, sólo para darnos cuenta de que el hermoso cuadernillo con las letras y lo dibujos de Joel Rendón ¡no existía! Supongo que para reducir costos había sido eliminado, pero lo peor es que en su lugar no se había hecho un intento de síntesis ni mucho menos: las dos páginas centrales del booklet estaban en blanco; cero, nada, ninguna información.

 

Nos sentimos profundamente mal al imaginar la decepción de quienes lo compraran. Y además era una mutilación artística pues en ese diseño, como en todos después, habíamos invertido horas y horas de trabajo tanto nosotros como los diseñadores y Joel. Siempre hemos pensado que los discos de La Barranca son un todo, junto con el arte de la portada, y que esta es una representación visual, una interpretación, de la música que viene adentro.
Lo peor es que no podíamos hacer ya nada. Nuestro contacto con MCA era mínimo y no teníamos allá nadie que viera por los intereses de La Barranca. Así que de alguna manera habíamos dejado clavada una espinita que algún día tendríamos que sacar.

 

Ahora las condiciones son diferentes. La edición ha estado al cuidado de la propia Sarai de Fractal y creemos haber encontrado gente que sabrá que hacer con El Fluir.

 

Le incluimos El Asombro, una rola que grabamos junto con el resto de las que conforman El Fluir. Desde que armamos el disco decidimos dejarla fuera porque sentíamos que, justamente, no ayudaba al resto a fluir como queríamos. No que no nos gustara sino que, simplemente, quedaba fuera de la historia interna que cuenta el disco como quedó. Pero la rola ya estaba terminada y decidimos guardarla para posteriormente hacer algo con ella. Ahora se presentó una excelente oportunidad para usarla.

 

Y esta es nuestra manera de decirle gracias a la gente que esperó todo este tiempo para poder comprar los discos allá. Si las cosas funcionan bien pretendemos ir editando todo el catálogo anterior también.

 

Lo único que se puede decir en estos momentos es ¡salud! Y brindar con quienes están más allá de la línea que Mr Bush quiere trazar con un muro. Una muro que, felizmente, no servirá para detener a la música.

 

Y los que están acá cerquita, nos vemos en Queretaro y en el WTC.

 

José Manuel

February 16, 2006

Filed under: Postales — Jose Manuel @ 6:07 am

 

Leí una vez una entrevista con un actor porno español en la que decía más o menos lo siguiente: “Todos envidian mi trabajo porque creen que solo consiste en hacerle el amor a las divas del sexo. Pero detrás de cada escena que ven en la pantalla hay por lo menos 20 personas en el set de filmación que no tienen nada que ver entre la chica y yo: camarógrafos, iluminadores, estilistas, maquillistas, directores; por no hablar de la gente de la compañía: managers, productores y demás. En esas condiciones es verdaderamente difícil lograr un performance (¿una erección?), además de que hay cortes e interrupciones a cada momento. Las actrices pueden fingir, seguro; pero los actores simplemente tenemos que lograrlo. No es precisamente placentero, tienes que ser un profesional”

Pensaba en esto mientras me paseaba por los pasillos de TV Azteca el pasado viernes: ¿cómo hacer para que la música de La Barranca se apareciera en medio de ese ambiente de plasticidad total?

Ya por ahí Elizabeth hizo el favor de describir en el guestbook como es el mundo tras las cámaras, en el foro de un programa de televisión de estos. Quienes hayan visto la excelente película Ginger & Fred, de Federico Fellini, podrán tener también una idea de lo que hablamos.

Es claro que en un programa de estos, con tantos participantes en vivo y compartiendo un mismo foro, hay una preocupación constante por la continuidad. Nada se puede retrasar ni nada puede salirse del guión de tiempos preestablecidos. Cualquier ajuste tiene que hacerse a la hora de comerciales o cuando se pase algo pregrabado.  Todo lo demás tiene que hacerse en absoluto silencio. Y hay tipos encargados de asegurarse que tal cosa suceda.

Nosotros habíamos ido primero en la tarde a realizar la prueba de sonido, la cual corrió sin contratiempos. La única cosa extra fue que yo solicité dos monitores para la voz, pues me parecía que de otra manera no sentía su presencia en el escenario. Mi petición fue cumplida sin problemas y al terminar dejamos todas nuestras cosas armadas, ya que nos dijeron que nadie más utilizaría ese escenario. Es decir, todo quedaría ahí tal y como lo dejáramos.

Regresamos al programa como a las 11:30 pues Alonso quería saludar a Tania Libertad, con la que tiene una relación de muchos años. Mientras esperábamos nuestro turno se nos asignó un camerino y ahí fue donde yo permanecí todo el tiempo: no tenía ganas de andar paseándome por el foro, de por si lleno de gente corriendo de un lado para otro.

Finalmente nos dieron el llamado; estaba próximo nuestro turno y querían tenernos listos ya por ahí en el foro. Yo seguía pensando cómo sería posible que la música se apareciera en ese entorno. Les comenté a mis compañeros que tendríamos que hacer un acto equivalente al de Moisés: partir en dos ese mar de plasticidad para permitir que por en medio pasara nuestra música.

Conforme se va aproximando el momento de salir todo se hace más caótico y nervioso. Estábamos ahí, ya listos, cuando nos enteramos de una novedad: una cantante de La Academia iba a salir antes que nosotros, y además iba a ocupar “nuestro escenario”.
-Pero no se preocupen- dijeron ellos- Van a hacer play-back y no van a mover nada de su equipo.
No tango nada personal contra el play back, ni siquiera contra quienes lo practican como forma de fundamental de su proyección artística; pero si fue alarmante ver a un grupo de músicos instalarse en medio de nuestros amplificadores y de las delicadas pedaleras de Alex y mía. Las reglas del play-back establecen que, pese a que nadie va a tocar ni a cantar nada, la estrella tiene que salir acompañada de músicos quienes, sin conectar sus instrumentos, fingen estar acompañándola mientras ella finge cantar.

Finalmente llegó nuestro turno. No había chance de ver si algo se había modificado pues no podíamos hacer ruido en ese momento. Dieron la cuenta de treinta segundos para salir al aire, todo mundo moviéndose hacia nuestro lado. Faltaban mis dos monitores pero ya alguien los instalaba apresuradamente. En ese momento me di cuenta que, seguramente,  alguien había golpeado mi guitarra, ocasionando que un seguro de afinación se soltara. Es decir, estaba desafinado pese a las horas que le invirtió Vicente a mi guitarra. En los 20 segundos restantes intenté afinarme con Alex, pero todo mundo hablaba y era difícil hacerlo sin volumen. Creo que lo logré en un 85 %; definitivamente no lo más recomendable cuando vas  salir al aire en cadena nacional:

5,4,3,2,1…

Recordé entonces al actor porno. No puedo hablar del resultado de lo que hicimos ahí, con un 15 % de disonancia, pero una cosa es segura: cambió la energía. Todo el foro se convirtió entonces en otra cosa; no se si buena o mala, pero si algo definitivamente barranca. Las canciones sonaron y fuimos capaces de meternos en ellas. Alex me cubrió las espaldas tocando las partes que yo no podía tocar (claro, una vez que detecté cuales eran). En esos momentos siempre es bueno voltear a ver a Chema, que permanece con el corazón en el centro.

Lo bueno fue detectar, entre el pequeño público que hay en el foro, rostros conocidos. Para mí, en esos momentos fueron como ángeles y creo que sin su presencia las cosas hubieran sido fatales. Gracias por acompañarnos.

Cuando terminamos sentí, con toda seguridad, que de alguna manera habíamos logrado partir las aguas de la plasticidad: claro, con ayuda de la disonancia.

 Y que dios bendiga a Sonic Youth.

***

Soy enemigo de los consejos pues ya se sabe que sólo sirven para no hacerles caso, es decir, son una pérdida de tiempo. Pero algunas enseñanzas se sacan de todo esto y aquí las comparto con los colegas músicos:

1.)   Nunca acepten hacer programas de TV en vivo
2.)   De ser inevitable, hay que llevar guitarras de back-up

3.)   En cualquier caso, hay que prepararse viendo mucho porno


 

November 17, 2005

Filed under: Postales — Jose Manuel @ 2:48 am

El asunto de las Postales.

Hace ya varios años que habilitamos este sistema con la idea de comentar, para quien le interese, cosas en torno a La Barranca, o más concretamente, en torno a los procesos de La Barranca; de una manera informal, unilateral y esporádica. Con el paso del tiempo, las Postales se han convertido en una función concreta dentro de la página de La Barranca que, además, ha generado su propio “publico?.

No he querido que esto se convierta en una responsabilidad rigurosa y periódica. En gran parte porque rehuyo las responsabilidades en general, pero también porque me parece que parte del chiste es justamente mantener ese carácter eventual de las postales: durante un viaje uno escribe una postal cuando tiene ganas de comentar algo o cuando hay algo que decir. Hacerlo de manera cotidiana y sistemática constituye más bien un diario.

En lo personal, me resulta más atractivo escribir en torno a los procesos que tienen que ver con un disco que respecto a otras cosas. No que los conciertos no tengan nada de comentar pero, en primer lugar, el ritmo de los mismos, los traslados, viajes, montajes, etc, dan menos chance de sentarse a escribir y, por otro lado, al menos para mi, las horas vividas durante un concierto son más similares a las del sueño que a las de la vigilia: suceden un montón de cosas, imágenes y emociones, pero son difíciles de asir.

Cuando iniciamos el rediseño de la página para que incorporara lo relativo a El Fluir, suspendimos las actualizaciones a la página anterior, incluyendo las Postales. Esto fue porque, como habrán notado quienes lean esto, no sólo cambiamos la imagen de la página sino también la programación y las herramientas. Concretamente para las Postales estamos usando ahora otro mecanismo.

Esto interrumpió los comentarios en torno a El Fluir, una serie de postales que a su vez forman una gran postal relacionada con este disco. Pero había varias ya escritas que continuaban lo iniciado el 20 de enero del 2005. Ahora es el momento de subirlas y concluir así todo lo relacionado con la gestación, grabación y edición del disco. Y se puede leer como un todo. De atrás para adelante, iniciando con la fecha que cité arriba.

Finalmente, una aclaración para varios que me lo han preguntado: el bacanora es un tipo de mezcal que se produce (y se bebe) en Sonora.

Digamos con el: ¡ salud !

***

Marzo 2005

Habitar en la República de las Canciones implica moverse en un mundo paralelo, uno muy cercano a éste pero que flota unos cuantos centímetros por encima. Ahí lo importante es la duración de un acorde, el sonido de un tambor, el tiempo en el que cae una nota de bajo. En la República de las Canciones uno habita construcciones abstractas que, a fuerza de sumergirse en ellas durante horas, van cobrando materia. Pronto uno empieza a moverse con total familiaridad dentro de ellas, conociendo su estructura interna de memoria, reconociendo cada uno de sus pasajes y de sus partes. Como si fueran los andamios de edificios en construcción por donde uno camina. Es posible incluso hacer citas: nos vemos a las 5:00pm en la parte C.

Entonces, discutir por horas sobre cualquiera de sus elementos: una nota de un solo, un redoble. O más aún: una palabra, un sinónimo, una imagen, o las infinitas posibilidades de fraseo de una silaba para que produzca la musicalidad deseada.

El proceso que inició casi inocentemente, misteriosamente, con el advenimiento de las canciones, ahora se ha transformado en una actividad que consume todas las horas de vigilia. Y también las de insomnio. Claro, hay algo emocionante, sorprendente incluso en el hecho de hacer una canción. Pero uno empieza a enfrentarse a ellas en realidad cuando se presentan en la noche y nos roban el sueño. Ahí es cuando uno sabe lo que significa hacerlas; cuando una frase se niega a abandonarte por horas, cuando una duda se niega a resolverse, cuando tus sueños se pueblan de canciones y alejan toda otra posibilidad de pensamiento. Cuando uno habla canciones, sueña canciones, vive canciones, ve canciones, discute canciones entonces realmente puedes decir que las estas haciendo. Y el proceso de un disco, infaliblemente, te conduce ahí.

Y ahí habitamos nosotros desde hace cuatro meses. Conforme avanzamos, nuestra relación con las canciones se hace más estrecha en la misma medida que nuestra relación con el mundo de la cotidianeidad se hace más difusa. Y sin embargo nuestra misión es justamente volver ahí: volver ahí pero con unas canciones que antes no existían, que antes no eran parte de esa realidad. Por el momento se encuentran disectadas, expuestas en sus más mínimos detalles, en una visión casi quirúrgica. Lo que tenemos que hacer es materializarlas de la mejor manera posible para llevarlas de regreso allá.

***

La segunda escala de la grabación es San ?ngel, en el sur de la ciudad de México. Ahí continuamos después de Monterrey. Tras estar en el estudio más cabrón de México nos encontramos ahora en una casa, en una instalación móvil que nada tiene de profesional y si mucho de casero: un estudio ambulante. Los únicos acondicionamientos acústicos que hemos hecho es mover algunos muebles, poner algunas cortinas, subir los amplis a la azotea. Prender copal por supuesto. Hemos tomado más precauciones por el lado de la prevención de alergias, para evitar que los gatos de Chema asfixien a nuestro ingeniero, quien opera en la sala frente a unos monitores. Pero lo que venimos a hacer aquí no requiere de mayor sofisticación, es concluir algunas guitarras que faltaron en El Cielo, hacer algunos efectos y doblajes y el estudio ambulante satisface plenamente esa necesidad. Para ello trabajamos Alex y yo por turnos. Mientras uno graba, el otro busca ideas o se desaparece. La sala está tomada por las guitarras y el vecino de al lado alucina ya el volumen demencial de los amplis en la azotea. Pero no nos vamos a tardar mucho.

Lo que tenemos que grabar está claro, ya sabemos por donde va. Las partes se graban sin mayores contratiempos, si acaso los que la parte en si plantea. Los arpegios delicados son mucho más difíciles que los solos desquiciados, al menos para mí. Creo que lo más significativo de esta escala es darle vida a Hendrix. Esta canción es la que ha pasado por cambios y versiones más radicales. En un principio era sólo un riff (hendrixiano, obviamente) con una melodía para voz. Luego, en el demo, fue una de las que más entusiasmo despertó. Pero al tratar de montarla cada vez nos gustaba menos. Hicimos mil cambios a la estructura y al arreglo y llegó un momento en que estuvimos a punto de abandonarla. Unos días antes de partir al Cielo, casi al final del último ensayo, encontramos otra manera de tocarla: era la antítesis de lo que habíamos estado intentando. Todo lo que teníamos se desechó y llegamos a lo más simple, que era la voz y los acordes originales. Sobre eso construimos, en minutos, un arreglo minimal que a todos nos sorprendió por la naturalidad con que surgió, después de haber estado buscando por tantos caminos equivocados. Esa idea fue la que grabamos en Monterrey pero aun faltaba darle cuerpo, ver si en verdad funcionaba ya que sólo la habíamos tocado un par de veces en el ensayo antes de irnos. En San ?ngel, Alex y yo intentamos primero una cama de notas continuas y largas, un colchón armónico donde descansara todo lo demás. Casi en cuanto la terminamos fue desechada. Volvimos a lo que teníamos originalmente y conforme íbamos construyendo cada sección la canción se nos revelaba.

La parte que me faltaba del coro la encontré a unos metros de ahí, una tarde que llegué antes que los demás y no podía entrar a la casa. Ya Chema me había recomendado visitar ese parque que está a la vuelta, y en ese momento me encaminé hacia allá para hacer tiempo en lo que volvían los demás. La canción ya andaba enredada en mi cabeza desde hacía días y en cuanto entre al parque (efectivamente muy chingón y lópez-velardiano) apareció frente a mis ojos la frase que necesitaba, como mandada a hacer. O a lo mejor nos estaba esperando ahí desde hacía 100 años.
Como suspendido en el tiempo, el parque resultó ser un paraje más de la República de las Canciones. En los días subsecuentes habría de volver ahí varias veces.

Esa misma tarde grabé una voz guía y la canción adquirió de pronto, tras su tortuoso recorrido, su redondez total. Ahora es de las que más me gustan.

Después de una semana más la música estaba concluida, el vecino desesperado y la casa hecha un desmadre.

La siguiente etapa del proceso eran las voces. Nuestro plan original era mover una vez más el comando, esta vez hacia Veracruz. Habíamos conseguido allá una casa cercana al mar que a mi me parecía lo más conveniente. Me moría de ganas, de hecho, por hacerlo allá. Pero a última hora resultó que la casa no iba a funcionar por cuestiones de acústica, al parecer los cuartos eran demasiado brillantes. Tuvimos que buscar entonces otra locación. Las opciones eran Huitzilac o Yautepec, en Morelos. Solo que en Huitzilac por esas fechas aun hace demasiado frío, llueve todo el tiempo; no lo más indicado para estar cantando. Nos decidimos entonces por Yautepec y su promesa de un eterno clima templado.

Había dos días de descanso. Pero yo me había quedado con la idea de Veracruz. Me faltaba una palabra y pensaba que podía encontrarla ahí.

***

Pasé la noche en Veracruz y caminé por los malecones en la noche. Pero todo es demasiado bullicioso, demasiadas distracciones, demasiados bares y gente.

Pasado el mediodía me enfilé en el coche rumbo al sur. Todo el camino vine oyendo las mezclas previas de lo que llevamos. Que shock. Todo suena demasiado desnudo. Pero parece que todavía están ahí las rolas de las que nos enamoramos en un principio.

Llegué a las 5.00 de la tarde a Tlacotalpan, donde tomé esta pequeña habitación con balcón. Apenas me instalé y abrí una botella de vino para brindar ¿con quién? Con ustedes, claro está. Moví un poco las camas y los muebles de tal forma que ahora, mientras escribo, puedo ver el río desde mi ventana, fluyendo lentamente, como una inmensa víbora azulada.

En el Museo de Lara vi una foto que me atrapó. En ella está Agustín, impecablemente vestido como siempre, inclinándose para besar la mano de Toña La Negra en un escenario. Ella lo mira, al mismo tiempo radiante y un poco sorprendida, como si sintiera que el gesto es demasiado, inmerecido tal vez. La foto no tiene año, y aunque lo tuviera no sabría si fue tomada antes o después de Estrella Solitaria, pues desconozco también la fecha exacta de ésta grabación. Existen miles de sitios en internet con toda la información que uno quiera de Dylan, Beatles, Sinatra, los Strokes o cualquier grupo menor que acaba de surgir hace un año. Pero no he encontrado ninguno que contenga estos datos: somos un pueblo sin memoria.

Durante todo el año creo que ese fue el disco que más escuché, y lo compartí mucho con todos los demás. A Chema le quemé una copia y con Alonso lo oímos varias veces en el coche. Lo oíamos también en El Cielo. Es un disco de puras canciones de Agustín, impecable y hermoso. Los músicos tocan en vivo (como se hacía entonces, obviamente) y en ese sentido se emparenta con El Fluir. Los arreglos son brillantes y modernos; incluso demasiado modernos. Encima de todo, flota la voz portentosa de Toña, una presencia colosal como surgida de en medio del mar, capaz de aglutinar en una sola frase todas las emociones humanas. ¿Quién puede ahora cantar como ella, quien heredó su tradición? Nadie.
Escuchando este disco no dejo de experimentar, en un sentido, la misma sensación que experimente hace unos meses frente a las ruinas de Yaxchilán: la de contemplar un pasado esplendoroso que se va perdiendo entre la niebla.

Entonces, hay una mirada hacia allá pero no como nostalgia, sino como reconocimiento, como invocación. Saber que, pese a la globarbarización, también eso somos.

Zafiro en el fondo es una especie de son. Lo que hubiéramos hecho en otro momento habría sido llamar a un pianista, un percusionista, quizá un violín e intentar recrear ese sonido. Pero esta vez decidimos encararlo sólo con las guitarras eléctricas, el bajo y la batería. Puede ser que los elementos del son ya queden muy asimilados, difuminados, pero ahí están, en el fondo. Hay al menos otro par de canciones con este tipo de semilla.

En la noche salí a caminar de nuevo, pero esta vez las calles están desiertas. Sólo llega la música distante de un bar y de dos o tres discos de música electrónica de la peor clase, una suerte de reggeton que atrae a los adolescentes del lugar. El clima, por su parte, es perfecto. Después de un rato encuentro la frase que andaba buscando y sin pensarlo dos veces, me decido por el bar, antes de que cierren.

***

El objetivo en Yautepec es claro y simple: darle a la voz el lugar que le corresponde. Es algo que discutimos desde que terminamos Cielo Protector. Por alguna razón, auto sabotaje quizás, normalmente grabamos la voz no sólo al final sino con cierta prisa y apremio, como si fuese un último trámite que hay que cubrir para terminar un disco. Esta vez decidimos que tenía que ser diferente. Las mismas canciones de El Fluir y la manera de grabarlas ya presuponen otro plano de participación. Por eso era necesario buscar un espacio y un tiempo para hacerlo con la congruencia requerida.

La casa de Yautepec es una casa típica de fin de semana, con alberca y demás. En un rincón de la sala hemos construido una pequeña cabina acústica de no más de un metro cuadrado, apilando colchones y cobertores. Dentro está el micrófono.

Durante una semana desarrollamos una rutina de alta concentración y pocas excursiones al exterior, si acaso para comer. Por las mañanas hacemos ajustes a los textos y buscamos palabras específicas para redondear las ideas. Por las tardes me siento como una especie de boxeador a punto de subir al ring. Trato de alejar de mi mente cualquier pensamiento que no tenga que ver con las emociones de la canción en turno. Si trajese una bata seguramente haría algunos rounds de sombra para calentar. Cuando llega la noche me dirijo a la cabina/ring totalmente concentrado y canto frente al micrófono, sin ver nada, como si las palabras fueran los golpes que determinan el resultado de la pelea.

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La noche final se prolonga casi hasta el amanecer. Tras concluir las voces, los Arreola, Alex, Del Aguila y yo discutimos en la cocina ideas sobre el orden de las rolas, surgen títulos absurdos de última hora, Chema empieza a hacer sus versiones de las letras. Tras los días de encierro hay ahora desatada una gran energía que parece poner en movimiento los muebles de la casa.

Pero creo que lo que inunda todo en realidad es la sensación extraordinaria de saber que hemos concluido, saber que ya tenemos un disco nuevo de La Barranca. Y sólo nos falta la portada.

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Conocimos a Claudia junto con Fernando Rivera en un tokin matutino de La Barranca en las instalaciones del Centro Nacional de las Artes. En la tienda de campaña improvisada como camerino nos saludamos después del concierto y Fernando me entregó una copia del primer disco de Monocordio. El disco lo oiría después con calma y me gustó mucho pero lo que de entrada me llamó la atención fue la portada. Hasta después asociaría que Claudia era la autora de la misma.

Vimos después los trabajos que había hecho para el Palomazo Informativo, que también nos gustaron mucho, y empezamos a contemplar la posibilidad de hacer algo con ella. Cuando llegó la hora de El Fluir les planteamos la idea a tres diseñadores cercanos a la banda para que nos hicieran una propuesta de portada. Claudia llegó con la sugerencia de un poster de un bordado con hilos de colores (en realidad un boceto a lápiz) y sentimos que era lo más cercano a la idea que el propio disco quería transmitir. Mientras nosotros íbamos terminando las mezclas de cada rola, en el Estudio 19, le pasábamos a Claudia los avances del disco. Con esto como música de fondo ella realizó el bordado a mano, siguiendo